Crócknicas Arácknidas. De la vivencia al relato.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Miedo


Escrito más con la cabeza
que con el corazón

Acá todo son ciclos. Lo que vale es ser capaz de identificar cuando estás entrando en la fase de alguno. Se trata de saber qué carajos sigue para saber cómo reaccionar. Y acá pasa que la fase que se viene no la viví desde que era un puberto. Y no me gusta.
Recién a los 17 decidí que lo mejor era mandar el miedo a la mierda. Que estaba joven. Las presiones se terminaban con la preparatoria y de acá en adelante era yo quien iba a decidir lo que quería. Era menor, pero podía hacer exactamente lo que me hiciera feliz. Y así fue. Me arriesgué siempre.
De repente me di cuenta de que uno no puede andar por la vida con las heridas frescas. La sociedad te dice que llorar está mal. Que sólo vayas al hospital cuando estés a punto de morir y necesites un puto milagro. 
Decidí seguir esa maldita norma. Si me caía no importaba que me limpie las lágrimas a cada rato, que revisara la herida para ver si no se estaba infectando. No podía parar. Tenía que seguir corriendo más o menos al mismo ritmo. Corriendo y gritando. Al mismo tiempo ir viendo las piedras para no volverme a tropezar. Todo a máxima velocidad. Ahora que lo pienso, coincide bastante con mi modo de ver la vida. Intensidad y pasión me metí en la cabeza a los 15 o 16. ¡Qué putas importa! Era un adolescente buscándose en la computadora de sus padres.
Y recién empecé a ver que hay heridas profundas que nunca se te van a olvidar. Seguro que te las hiciste tú mismo por no ver por dónde pinches putas corrías. Por andar en el puñetero sendero donde las piedras son redondas, pero igual te lastimas si no miras por dónde andás. Encima tengo el maldito pie plano. Caer siempre es cuestión de tiempo. 
Y es tan fácil hacerse tonto. Seguir esa norma de no parar aunque duela. De arriesgarse sin importar las consecuencias. Como un fantasma el miedo se acumula. De tanto ignorarlo, se harta hasta que se manifiesta. Es cuestión de tiempo.
Uno entiende y explica cada que inicia un nuevo ciclo que recién lo lastimaron. Nunca, nunca lo pone de pretexto. Se mentaliza. Decide arriesgarse. No puede ser peor que la vez pasada. No me pueden joder más, ¡a la chingada!
Y todo va bien. Al arranque te sientes increíble. Otra historia, otra manera, otro aprendizaje. Hasta que el puto fantasma se manifiesta. Y tienes miedo.
Y te resistes a caer. Prefieres no mirar la realidad. La evades de mil formas. Es sólo mi percepción. No está pasando nada. Acá todo va bien. Al rato se pasa el mal rollo. 
Y pasan las horas. Y el miedo se hace más grande. Se mezcla con decepción. Se vuelve frustración. La respiración se acelera. El corazón late más fuerte. No es adrenalina. Es desesperación. Buscas sacarla de cualquier manera. Golpeando, saltando, gritando. Lo haces y no pasa nada.
Hasta que te calmas. Aceptas que lo mejor es salir corriendo. Por primera vez le dices que sí al miedo. Te vuelves parte de él. Sabes que hay frustración en medio. La aceptas también. Buscas los porqués y no los encuentras. 
No hay lágrimas porque no hay amor. Es sólo frustración, esa que siempre llega de la mano con el miedo...

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