Crócknicas Arácknidas. De la vivencia al relato.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Huele a tokín

Escrito en la sala de una casa, con músicos tocando frente a mí

Huele a tokín
Huele a rebeldía
A tabaco
A mota
A alcohol
A penas y a melancolías

Allá los locos hacen llorar a la guitarra
Eyaculan sobre la trompeta
Se enamoran discretamente, como enamora el bajo

Se miran reflejados en el compás del jazz
Pelean cada batalla en un breve slam
Viven a los golpes, como las baquetas

El pulque les da otra consciencia
El polvo les pinta la cara
Y una canción les roba una sonrisa

Allá ella lo mira
Le sonríe a discreción
Él agacha la cabeza
Le atrae
Pero le hace el amor a otra vida
A la del humo
A la del dolor
A la de la muerte

Ella se disfraza de otra muerte
Resopla y juega con su hierba
Con su polvo
Con su propia vida
Con su propia soledad

En frente ellos están en su trance
En su risa, en su euforia, en su placer

Juegan sus juegos
Sueñan sus sueños
Miran sus cielos

Tal vez mañana despierten
Tal vez sigan riendo
Sigan jugando
Sigan soñando
Sigan mirando

martes, 8 de septiembre de 2015

Ahí estaba (o un homenaje al rescatista del 19 de septiembre)

Basado en hechos reales, en homenaje a uno de los héroes anónimos del 19 de septiembre

Despertó. Era lunes y tenía que ir a trabajar. Se puso la camisa, el suéter con el escudo de la empresa, el pantalón, la corbata. Alistó su peinado, impecable, como siempre. Había que sacar adelante las ventas de la empresa y luchar por mejoras en las condiciones de los trabajadores vía sindicato. El casco que estaba sobre el librero no iba a usarse ese día. Al menos eso creía. 
Ya había llegado a la oficina y se preparaba para un día de locos. Mexicana de Aviación lo necesitaba y él quería responder a las exigencias que se había puesto. Se tomó el respectivo café después de saludar con suma educación a quienes lo rodeaban. Llevaba tres ese y sentía que necesitaría más. Entonces la tierra se movió...
Temblores en la ciudad recordaba pocos. El último de gran magnitud ocurrió cuando tenía dos años. Se acordaba poco y nada de lo que se sentía cuando el suelo se movía. Sin saberlo, ese día no lo olvidaría jamás. 
Salió lo más rápido que pudo del edificio de Xola. El emblemático para Mexicana de Aviación. Ayudó a quienes tenía alrededor. De inmediato localizó a sus hermanos, a sus hermanas, a su mamá. Todos estaban bien. Lo que seguía era lo más duro. 
Volvió a casa. Logró reportarse con sus compañeros de la Cruz Verde y se puso el casco que esa mañana había ignorado. Salió tan rápido como pudo y empezó a darse cuenta de que se venían días largos para la ciudad que lo había visto crecer. El monstruo chilango se había derrumbado. No estaba muerto, pero la herida era profunda. 
Caminó unas cuadras y el edificio que todos los días contemplaba con total normalidad desde su auto no existía, eran simples escombros. Las lágrimas brotaban de sus ojos. El sudor escurría de su frente. La desesperación inundaba su ser. Sintió la fuerza que desde su adolescencia, antes de la amibiasis que casi lo liquida no sentía. Quitó un trozo de concreto. Escuchaba voces pidiendo ayuda. Se deshizo de otro. Entonces vio una mano arrugada sangrando y buscando la luz. Él se encargaría de que la encontrara. Jaló con los músculos y el alma. La anciana lo miró agradeciéndole la vida. Él sólo quería encontrar a más personas vivas. De inmediato la condujo a la ambulancia. Por fortuna no tenía demasiadas heridas graves.
Más compañeros se unieron a él. Sin saberlo, ese día salvarían a cientos de personas y le devolverían el alma a otras miles. En ese edificio el trabajo estaba hecho. Faltaban decenas de construcciones convertidas en añicos.
Esa noche no durmió demasiado. En cuanto el sol salía entendía que era hora de meter la mano bajo más escombros y sacar a cuantas personas fuera posible. Lloró como nunca lo había hecho cuando vio a dos niños moribundos junto a su madre colgando de su brazo. No lo recuerda. Años después sus compañeros lo reconocieron y él simplemente no podía ver lo que en ese momento lo impactó tanto. Su acto heroico sólo lo conocían ellos tres y quienes lo rodeaban. 
Los días se iban como agua. Más y más personas tomando sus extremidades como trozos de cielo. Una mano le quedó marcada cerca de la muñeca. Él simplemente metió el brazo abajo de un trozo de concreto esperando a que algo se manifestara. Era un joven estudiante que se había ido de pinta ese día. Sin saberlo, sus amigos estaban detrás de él en forma de cadáveres. Al ver el brazo de su salvador lo tomó sabiendo que era su única oportunidad de vivir. La desesperación hizo que se marcaran los dedos. De eso tampoco se acuerda nuestro héroe anónimo. Sabe que pasó por lo que le cuenta la gente que estuvo a su lado.
Lo que más recuerda es a esos tipos vestidos de verde sacando víveres e ignorando a las personas. La mercancía era vendida al mejor postor. Un rifle de alto calibre era la mejor forma de obligar al pago de los alimentos, del agua, de la ropa. El Estado vestido de criminal sólo trataba de beneficiarse de una tragedia en la que otros eran los salvadores. Por fortuna, la indignación no era suficiente para terminar con sus ganas de ayudar a quien lo necesitara.
Conforme fueron pasando los días aumentaron las horas de sueño. ¿Cómo le hicimos para sacar a esas personas? ¿De dónde sacamos fuerza? Esos ladrillos no se levantaban tan fácil. No me imagino lo que sintió esa madre al ver a sus hijos en la ambulancia. De milagro están vivos. ¡Y la viejecita! A la que le cayó el muro en la cabeza. Esa mujer tiene un angelote. Se cuestionaba. 
Pasaron dos semanas hasta que volvió a la oficina. De repente se levantaba de su asiento y se iba al baño con los ojos llenos de lágrimas. Más de una vez se sorprendió en el coche llorando mientras conducía a la sede del sindicato. En otra ocasión una señora lo abrazó en la calle. Él intentó recordar de dónde la conocía. Ella sólo se limitó a agradecerle la vida de sus hijos y de sus esposo. Los tres quedaron parapléjicos, pero vivos, gracias a usted y a Dios
Hoy ese héroe anónimo está lejos de la Ciudad de México. El casco es un recuerdo más con el que sus hijos jugaron cuando eran niños. A 30 años de la tragedia, sirva este texto como homenaje.