Crócknicas Arácknidas. De la vivencia al relato.

jueves, 6 de agosto de 2015

La tarde más larga

Escrito con camisa y corbata en una oficina

Ahí estaba. La había visto cuatro o cinco días antes. Él era un godínez en toda la extensión de la palabra. Pasaba horas y horas frente a su computadora. Como sus compañeros, rebasaba los 30 años y era de los pocos que seguía soltero. Más de una vez le preguntaron por sus conquistas. Él respondía como aquel al que le vale madres el mundo y finge siempre tener demasiado trabajo.
Su cotidianidad, tan llena de papeles, memorándums y postits se había visto interrumpida. Ahora pasaba más tiempo con unos audífonos fingiendo que escuchaba nuevas formas de hacer negocios. No, se trataba de las canciones que habían marcado su adolescencia. La crisis de los 40 le estaba llegando a los 30 y se había detonado por una presencia.
Tres o cuatro días antes salió con uno de sus compañeros, -tan godínez como él- a comprar comida. Le llamaba la atención el puesto de tacos que siempre estaba lleno. Normalmente era cuidadoso y llevaba comida en topers a la oficina. Se notaba que procuraba lo que comía. Presumía que él mismo se hacía su comida. Las pechugas de pollo relucían en su escritorio los lunes, los viernes se dejaba llevar por lo casual y le apostaba a las milanesas de res. Nunca faltaban rebanadas de pan junto a la carne. A un costado aparecían las verduras picadas. De vez en cuando llevaba arroz o pasta. Se presumía sano.
Ese medio día de miércoles decidió cambiar. La rutina empezaba a asfixiarlo y las canciones lo orillaban a ser como solía, aleatorio, espontáneo, impulsivo, vivaz y alegre. "¿En qué momento dejé de ser así?", le preguntó a su compañero. A cambio recibió una breve carcajada acompañada de hombros levantados. Al godínez que había aceptado acompañarlo a comer le valía madres el asunto. Él sólo llevaba un año de conocerlo y no tenía el menor interés en hablar sobre la adolescencia del adulto.
"Vamos al puesto de tacos, siempre está hasta la madre y algo deben tener", le sugirió al silencioso colega. La respuesta fue seguir caminando en la misma dirección. Cuando atravesaban la Avenida Revolución casi es atropellado. El oficinista recibió varias mentadas de madre y siguió caminando con el cuello hacia su izquierda. No entendía lo que estaba pasando. Nadie notó la causa. "Pinche pendejo, casi ocasiona un accidente", se le escuchó decir a otro godínez.
Era muy callado. Durante la comida no hubo nada anormal. Pasadas dos horas más comenzó a sentir demasiada ansiedad. Pese a que era miércoles y el Código Godín prohíbe la informalidad hasta antes de los viernes, se aflojó la corbata y se arremangó la camisa; jugó un poco con su bigote y más de un compañero se le quedó viendo en forma extraña. Él comenzó a recordar lo que había ocurrido y lo entendió.
Justo del otro lado de la avenida en la que su vida había corrido peligro estaba ella. Con tanta facha godín como cualquiera de sus compañeras, pero más hermosa que nadie. Intentó recordar con más claridad sus medias, su falda, su blusa, sus labios, su mirada, su cabello. Su mente sólo le permitió visualizarla vagamente. Recordó que ella también lo miró. La diferencia es que de ese lado de la vialidad no pasaba ningún vehículo. 
Siguió escuchando a los Estridentes Mocosos y se perdió en una canción. Hablaba de la vida sin ataduras, sin camisas godínez, sin zapatos y sin tarjetitas checadoras. Y en un viaje al finito, nos perderemos, sin fijo destino, sin más para pensar, rezaba el coro de la canción que tantas veces lo había hecho llorar en su adolescencia mientras se fumaba un porro que él mismo se preparaba en la soledad de su habitación.
Relacionó la canción con ella. Quería buscarla y llevarla a ese infinito del cual hablaba. Se le derramaron algunas lágrimas de los ojos. Una de sus compañeras se acercó para preguntarle si estaba bien. Él se asustó y asintió. Le preparó un té y se lo colocó en el escritorio de vidrio que había sido suyo durante más de diez años. Él fue bebiéndolo poco a poco. Se sentía mejor. La ansiedad disminuía y se transformaba en esperanza. La esperanza de volverla a ver. 
Cuando vio el reloj de la computadora notó que pasaban de las diez. No había nadie en la oficina. Nunca notó cuándo se fueron todos. Sin razonar demasiado, apagó el monitor de la computadora y se alegró de que no le fuera a tocar gente en el Metro. La ansiedad había terminado y a cambio quedaba una ilusión que seguiría por muchos, muchos más días. La ilusión de verla otra vez. 

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