Crócknicas Arácknidas. De la vivencia al relato.

martes, 25 de agosto de 2015

A 10 años de tu partida

Escrito con la cabeza en tu recuerdo


Honestamente dudo que vayas a leer esto. Me encantaría que lo hicieras. Escribo con la cabeza en tu recuerdo y en el lugar en el que sin prometerte, siempre te dije que estaría. Hace 10 años. Era una noche bastante agradable. Acababa de entrar a tercero de secundaria. Las cosas pintaban muy bien. Estaba de ocioso viendo una página de coches, una afición que sin querer me habías contagiado.
De repente sonó el teléfono. Era la tía Lupita. Al escucharla me alegré mucho. No te miento. Lo primero que me pasó por la cabeza fue "van a venir a casa mis tíos, mis primos y mis abuelitos". Insistí en saber qué pasaba y de nuevo me pidió que la comunicara con mamá. Pensé que algo grave se venía y no estaba equivocado. La cara de mi mamá cambió. Ni siquiera en los accidentes de autos que tuvimos la había visto tan mal. De repente un grito de dolor que fue replicado de inmediato por mí y por mi hermano. Algo terrible había pasado.
Mamá sólo nos dijo que te había dado un infarto. Por alguna razón -que nunca pienso investigar- no quiso informarnos sobre tu partida. Quizás ella se negaba a aceptarlo. Quizás no quiso asustarnos. No lo sé, no pienso averiguarlo. Pepe y yo estábamos muy asustados. No pasaron más de tres o cuatro horas para subiéramos al auto vestidos de negro y viajáramos a Tula. Había sido un verano lleno de viajes en carretera y todavía no terminaba.
Al día siguiente ya estábamos en tu casa. En la que nos habían enseñado a querer gracias a que siempre estabas ahí. Esta vez era diferente. El espacio en el que semanas antes jugábamos con los primos estaba cubierto de autos. Nunca tuve dudas de que eras una persona muy querida. Ese día me quedó más claro que nunca. Entramos a la sala-comedor en la que tantas veces convivimos contigo y no estabas. No estabas ni ahí ni en el taller en el que solías pasar gran parte del tiempo. Si no estabas en la camioneta o en el coche en la carretera, estabas en casa o en el taller.
Papá nos ofreció comida. Poco después te vi por primera y penúltima vez en el ataúd. No soportaba estar cerca de ahí. Me acostumbré a verte siempre trabajando, comiendo, manejando, viendo un partido de futbol o mentando madres a los soldados, a los policías federales o a cualquier representante de secta protestante que te pidiera dinero. El mirarte acostado, con los ojos cerrados y con tantas lágrimas alrededor era contradictorio. Tú nunca provocaste lágrimas ajenas.
El detalle dos días después, en tu entierro, es algo imposible de olvidar. Insististe hasta el cansancio que no querías provocar dolor ni lástima. Con ese par de arco iris, acompañados de lluvia tibia y sol, nos dejaste en claro que estabas donde tenías que estar. No tengo forma de comprobarlo, pero al día siguiente, los cinco goles de Cruz Azul a Pumas fueron un homenaje del equipo para ti. Me voy a morir pensando eso.
Tu recuerdo vive eternamente. La última vez que fui a tu casa, en 2006, más de una vez pensé que en cualquier momento, mientras estaba sentado en uno de tus sillones, saldrías detrás de una pared y nos asustarías como solías hacerlo. Era tu manera de bromear. Nos gustaba. Los viajes en carretera eran una experiencia increíble cuando tú manejabas, No sé cuándo volveré a transitar por la México-Tuxpam, pero sé que esa autopista era tu sueño y cuando eso ocurra, sé que ahí estarás, acompañándome.
A diez años te debo mucho. Si tú no me hubieras enseñado lo que sé de futbol, posiblemente no estaría en esta redacción escribiendo sobre eso. Seguramente no me habría enamorado de hablar de futbol. Tampoco olvido muchos de tus otros consejos. Fuiste, eres y serás, el mejor abuelo que me pudo tocar. Seguro peco de egoísta, pero, me habría encantado que vivieras terrenalmente muchos años más. No te cuento la cantidad de historias que habrías sacado de todo lo que pasó. Haces falta, aunque sé que nos estás cuidando desde allá arriba. Si vieras a mi abuela estarías orgulloso de ella. ¡Tanto que renegabas del celular y tanto que ella aprendió a usarlo! De tus hijos no te digo mucho. Tú los ves y los cuidas a diario.

Con cariño

Tu nieto

jueves, 6 de agosto de 2015

La tarde más larga

Escrito con camisa y corbata en una oficina

Ahí estaba. La había visto cuatro o cinco días antes. Él era un godínez en toda la extensión de la palabra. Pasaba horas y horas frente a su computadora. Como sus compañeros, rebasaba los 30 años y era de los pocos que seguía soltero. Más de una vez le preguntaron por sus conquistas. Él respondía como aquel al que le vale madres el mundo y finge siempre tener demasiado trabajo.
Su cotidianidad, tan llena de papeles, memorándums y postits se había visto interrumpida. Ahora pasaba más tiempo con unos audífonos fingiendo que escuchaba nuevas formas de hacer negocios. No, se trataba de las canciones que habían marcado su adolescencia. La crisis de los 40 le estaba llegando a los 30 y se había detonado por una presencia.
Tres o cuatro días antes salió con uno de sus compañeros, -tan godínez como él- a comprar comida. Le llamaba la atención el puesto de tacos que siempre estaba lleno. Normalmente era cuidadoso y llevaba comida en topers a la oficina. Se notaba que procuraba lo que comía. Presumía que él mismo se hacía su comida. Las pechugas de pollo relucían en su escritorio los lunes, los viernes se dejaba llevar por lo casual y le apostaba a las milanesas de res. Nunca faltaban rebanadas de pan junto a la carne. A un costado aparecían las verduras picadas. De vez en cuando llevaba arroz o pasta. Se presumía sano.
Ese medio día de miércoles decidió cambiar. La rutina empezaba a asfixiarlo y las canciones lo orillaban a ser como solía, aleatorio, espontáneo, impulsivo, vivaz y alegre. "¿En qué momento dejé de ser así?", le preguntó a su compañero. A cambio recibió una breve carcajada acompañada de hombros levantados. Al godínez que había aceptado acompañarlo a comer le valía madres el asunto. Él sólo llevaba un año de conocerlo y no tenía el menor interés en hablar sobre la adolescencia del adulto.
"Vamos al puesto de tacos, siempre está hasta la madre y algo deben tener", le sugirió al silencioso colega. La respuesta fue seguir caminando en la misma dirección. Cuando atravesaban la Avenida Revolución casi es atropellado. El oficinista recibió varias mentadas de madre y siguió caminando con el cuello hacia su izquierda. No entendía lo que estaba pasando. Nadie notó la causa. "Pinche pendejo, casi ocasiona un accidente", se le escuchó decir a otro godínez.
Era muy callado. Durante la comida no hubo nada anormal. Pasadas dos horas más comenzó a sentir demasiada ansiedad. Pese a que era miércoles y el Código Godín prohíbe la informalidad hasta antes de los viernes, se aflojó la corbata y se arremangó la camisa; jugó un poco con su bigote y más de un compañero se le quedó viendo en forma extraña. Él comenzó a recordar lo que había ocurrido y lo entendió.
Justo del otro lado de la avenida en la que su vida había corrido peligro estaba ella. Con tanta facha godín como cualquiera de sus compañeras, pero más hermosa que nadie. Intentó recordar con más claridad sus medias, su falda, su blusa, sus labios, su mirada, su cabello. Su mente sólo le permitió visualizarla vagamente. Recordó que ella también lo miró. La diferencia es que de ese lado de la vialidad no pasaba ningún vehículo. 
Siguió escuchando a los Estridentes Mocosos y se perdió en una canción. Hablaba de la vida sin ataduras, sin camisas godínez, sin zapatos y sin tarjetitas checadoras. Y en un viaje al finito, nos perderemos, sin fijo destino, sin más para pensar, rezaba el coro de la canción que tantas veces lo había hecho llorar en su adolescencia mientras se fumaba un porro que él mismo se preparaba en la soledad de su habitación.
Relacionó la canción con ella. Quería buscarla y llevarla a ese infinito del cual hablaba. Se le derramaron algunas lágrimas de los ojos. Una de sus compañeras se acercó para preguntarle si estaba bien. Él se asustó y asintió. Le preparó un té y se lo colocó en el escritorio de vidrio que había sido suyo durante más de diez años. Él fue bebiéndolo poco a poco. Se sentía mejor. La ansiedad disminuía y se transformaba en esperanza. La esperanza de volverla a ver. 
Cuando vio el reloj de la computadora notó que pasaban de las diez. No había nadie en la oficina. Nunca notó cuándo se fueron todos. Sin razonar demasiado, apagó el monitor de la computadora y se alegró de que no le fuera a tocar gente en el Metro. La ansiedad había terminado y a cambio quedaba una ilusión que seguiría por muchos, muchos más días. La ilusión de verla otra vez.