Crócknicas Arácknidas. De la vivencia al relato.

jueves, 16 de julio de 2015

Me enseñaste

Hace un año que amanecí acá. En este valle, que a veces es de sonrisas y otras tantas de lágrimas. Desde hace un montón de años eras mi tierra prometida. Hoy, justo ahora, comprendo que en ti veo al águila devorando una serpiente sobre el nopal que los hijos de Aztlán buscaban cuando llegaron. Eres eso, una ciudad que ofrece la gloria a cambio del la lucha y el sufrimiento constantes. Esa gloria que está reservada en pequeños islotes sobre lagos de inestable suelo.
Venía buscando la gloria y no sé qué tan lejos estoy de cruzar los canales que llevan a ese islote mágico. Apenas estoy recorriendo el camino. Tratando de escalar tus cerros rocosos, hostiles, llenos de falsos atajos y de riachuelos que amenazan con hacerme caer hasta el fondo si me detengo a disfrutar del agua durante demasiado tiempo.
No te miento. Disfruto de mirar esas tentaciones temporales. De demostrarme a mí mismo qué tan capaz soy de contemplarlas sin que me destruyan al menor intento. No es tan fácil, reconozco, pero la imagen del águila devorando a la serpiente sobre el nopal me inspira a seguir escalando el cerro. Y ojo, la cima de la colina no es el fin. Es sólo el medio para descender hasta el valle. Ese valle que tiene sus propios obstáculos a ras de suelo y debajo de él. Ese valle que al final conduce al islote mágico.
Es complicado hacerlo solo. Pero es necesario. El Everest sólo se escala en grupos, pero muy pocos llegan a la cima. Una cima de la cual no es tan placentero viajar. Al final, cuando se está hasta arriba, bajar no representa mayor problema, mayor reto, que el de salvar la vida propia. Eso sólo ocurre cuando no recuerdas bien a lo que te enfrentaste cuando ibas escalando.
Pero no, insisto. Mi cima no es la que está en lo más alto, es la que está mucho más adelante de la que la geografía dicta. La que indica el triunfo del bien sobre el mal mientras se sufre. La que alimenta el espíritu para soportar el sufrimiento de ver sangrar las extremidades por lo inestable y espinoso que puede ser el suelo, que por instantes, se cree firme.
Me falta un montón para llegar a eso. Pero en el camino me enseñaste un montón de cosas. En el camino he visto salir a mis propias serpientes. He tenido que enfrentarlas. No miento. Me hirieron varias veces. Esas mordidas me intoxicaron un poco, pero no me mataron. Aquí sigo. Tuve que aprender a enfrentarlas. Entendí que son inmunes a su propio veneno y que darles algo para que se entretengan y dejen de joder sólo las hace atacar con más fuerza cuando el entretenimiento se acaba.
Insisto, no ha sido sencillo. Pero nunca había sido tan libre y al mismo tiempo, tan esclavo de mí mismo como ahora. Ha sido una especie de revolución. Cual guerrero azteca que aprender a fabricar mis propias armas para derrotar a esas serpientes. Los escudos nunca me gustaron, pero he comprendido cómo hacer algunos temporales que sirvan para protegerme mientras enfrento a todas esas serpientes que amenazan con devorarme al primer intento.
No tiene caso fingir. Al principio sólo traté de evadirlas. De seguir caminando y hacerme tonto para no verlas. Nada más alejado de la realidad. A las serpientes no se les puede hipnotizar eternamente, mucho menos ignorar. Lo único que se logra con eso es que se enfurezcan y preparen sus venenos más fuertes. Esos, que en circunstancias poco favorecedoras pueden mandar a cualquiera al piso y amenazar con no permitirle que se levante.
Pero, bah, no todo ha sido pelear con serpientes e imaginar la gloria abajo de la cima del cerro. La verdad disfruto mucho lo que llevo recorrido. Más allá de aprendizajes y demás, entender tu compleja naturaleza ha sido extraordinario. ¿Te confieso algo? No me canso de sorprenderme con cada cosa que encuentro en esta pendiente. No dejo de estar pendiente y de preguntarme con qué me vas a sorprender y con qué te voy a devolver la sorpresa.
Eres mágica y misteriosa. Algo así como el disco de Los Beatles. Ese que también habla de colinas y de tontos que se estancan pensando que lo de arriba -o lo de abajo- no vale la pena o que simplemente tienen miedo a salirse de lo que conocen. Reconozco que vengo de un sitio donde llegué a estar así, empantanado en aguas cálidas y mirando siempre cielos azules. Pero, ¿de qué servía? El agua pantanosa sólo trae consigo hongos, aunque al principio sea francamente placentero estar ahí adentro.
¿Sabes? Me encanta conocer entes que van por un camino parecido al mío. Que también están escalando el cerro tratando de llegar a la cima, para luego descender y encontrar esa águila devorando a la serpiente mientras se sostiene sobre el espinoso nopal.
Nunca pensé en enseñarte nada y sí en que me enseñaras. La complejidad de esa lucha del bien contra el mal en medio del sufrimiento me seduce sin que pueda hacer nada para defenderme. Me sedujo desde que vi los borradores de esa historia que hoy estoy escribiendo con base en lo que me haces sentir todos los días. Porque al final y aunque en ocasiones parezca que hay cierta calma, me sigues enseñando.

No hay comentarios.: