Crócknicas Arácknidas. De la vivencia al relato.

miércoles, 15 de julio de 2015

Hace un año / Recuerdo

Escrito con el cuerpo en la redacción y la cabeza en un montón de partes


Lo recuerdo. Fue hace un año y me parece como si hubiese sido hace mucho más tiempo. Recuerdo que estaba todo planeado. Sabía que pasaría desde hacía varias semanas. Sólo era cuestión de aplicar los últimos detalles y hacerlo. Hace un año dejé mi casa, parte del corazón y llevé dentro del alma un montón de sueños.
Recuerdo que estaba todo en la maleta. Era una maleta grande. No perdí demasiado tiempo en guardar la ropa. Tomé la que estaba en los estantes. Cogí un montón de camisas que tenía colgadas, las doblé y las metí. No había demasiada ciencia en eso. Después habría tiempo de meter los libros, los discos y todas esas cosas que formaron parte de mi cuarto.
La noche anterior me despedí de algunas personas especiales. El Profe que desde mis inicios como reportero local me respaldó. Lo recuerdo perfectamente. Siempre dispuesto a dar la entrevista -si era nota o no, ya era cosa mía. Una persona bastante agradable y franca. Sé que en esta profesión no es tan sano hacerse amigo de las fuentes, pero sabía que con él no había tanto problema. Caminé a las canchas de basquet de la Deportiva y le dije adiós. Volví a casa, hice la maleta y unos minutos más tarde estaba en esa tortería comiendo con uno de mis mejores amigos. Una de esas personas que habla poco y escucha mucho. Un cuate que acabó convirtiéndose en una especie de hermano mayor. Sin querer, se volvió costumbre que cada vez que regresé a Tabasco, había cita para cenar o almorzar en esa tortería. 
No se me olvida, tampoco, el café que me tomé con una de mis mejores amigas. Era temprano y era necesario. Nunca se me olvida todo lo que me dijo. Siempre tendré en la cabeza -y en el corazón- lo que nos dijimos a plena luz de la mañana. Creyó -y creo que sigue creyendo- en mí. Fue doloroso decirle adiós, pero sabía que más temprano que tarde la volvería a ver y sería increíble.
El siguiente párrafo te lo reservo a ti. Me he abstenido de hablar sobre esto en público. Pocas personas lo saben, pero ese día entendí que los besos también pueden dejar cicatrices profundas. Sabía que iba a separarme de ti. Que más allá de mi partida de Villahermosa, lo que algún día fue nuestro cada vez se hacía más tuyo y más mío. El partido tenía bastante rato en tiempos extras y esta vez no había posibilidad de decidir a algún ganador. Era necesario terminarlo. Lo reconozco, fue raro que se supiera exactamente en qué momento iba a pasar. 
Lo que no me esperaba -lo siento, sigo sin superarlo- es la forma. Suponía, sabía, ¡carajo! Estaba seguro de que iba a doler, pero quería irme con una sonrisa. Cada vez me cuestiono menos el porqué no pasó así. Algo me dice que fue sólo una prueba más de que algunas cosas no dependen sólo de uno. Esa, por ejemplo, es una. 
Me reservo gran parte de lo que pasó contigo ese día. No porque lo evada o porque tenga ganas de pensar que fue distinto, sino porque es demasiado personal. Lamento no poder decirlo. Llegaré hasta la parte en la que contuve el llanto. Los últimos minutos fueron como cuando sabes que vas perdiendo 4-0, que el partido se está acabando y que vas a irte al descenso -en este caso, a otro sitio. Fue muy complicado decir, "no, aguanta tantito, todavía no se vale llorar", pero lo logré. Al final, la carta que te escribí y que empezaste a leer generó demasiadas lágrimas. Sabes lo importante que fuiste y no podía reaccionar de otra manera. Al cierre, sólo el beso. Largo, profundo, hermoso y al mismo tiempo muy doloroso. Fue el último. Ahora lo pienso. No fue el final que quería para la historia, pero al menos hubo algo que rescatar.
No se me olvida, recuerdo perfectamente haber subido al auto en medio de lágrimas. Hoy -más que otros días- te agradezco a ti, papá, por haberme recordado que si dejaba eso era por mis sueños. Me preguntaste si estaba dispuesto a hacerlo y soy honesto, nunca tuve dudas, pero el dolor en ese momento era una cosa espantosa. Sentir que se te arranca un pedazo de carne con esencia de alma -qué frase tan redundante- es algo que nunca me gustaría volver a pasar. Al mismo tiempo reconozco que me hizo fuerte.
Después, el viaje. ¿Para qué hacerse tonto? Fue el más largo de mi vida. Mucho más que el de 20 horas a Guadalajara en 2005 o el de 22 a DF en 2010. Conforme avanzaba sobre la carretera notaba que estaba dejando una parte de mí, pero que era lo mejor. No one's gonna love You more, than I do, canta la Band of Horses y cantaba mi cabeza, mi alma y mi corazón, mientras los ojos soltaban algunas lágrimas que caían en la ventana. Iba con los lentes oscuros. No tolero que se me vea llorar en esos instantes. Simplemente no soporto mostrar esa parte. 
Normalmente charlo mucho en los viajes. En ese, largo y reflexivo, no pude hacerlo. Recuerdo haber hablado muy poco. No tenía cabeza ni voz para hacerlo. No era el momento. No sé cómo serán los viajes para encontrar otro hogar, pero para mí fue así. Fue ver un montón de atardeceres con la única certeza de que al día siguiente volvería a amanecer. De que se estaba acabando una etapa que duró 20 años. Dos décadas, ¡carajo! Y estaba -al mismo tiempo- empezando otra que espero dure cuando menos unos 30 años. El intermedio nunca se menciona en las películas. La única que recuerdo que lo tocó -y de manera francamente tonta- fue El Rey León. Ahora entiendo la razón. Hay poco que contar sobre los intermedios. Simplemente es un puente con un montón de luces que marca el fin de una era y el inicio de otra. 
Continuará...

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