Crócknicas Arácknidas. De la vivencia al relato.

viernes, 31 de julio de 2015

El subsuelo de la selva de concreto

Escrito desde el vagón anaranjado


La bestia posee sus propias bestias. El salvajismo se manifiesta en sus durmientes, en sus pasillos y en sus torniquetes. Ahí va, el cazador asechando a su presa. No la piensa devorar. Sólo quiere valerse de ella para llegar a ese sitio que le permitirá saciar el hambre, el ocio o el placer. 
Mira a sus competidores. Hay de todo. Unos que lo superan en tamaño. A otros los supera. Están también los que sólo esperan un descuido para despojarlo de sus armas, son a los primeros que detecta. Les sonríe y acelera. Intenta evitarlos a toda costa. Al resto le importa poco o nada la batalla. Se mueven por inercia, sin un fin definido. 
La jungla lo educó para defenderse. Para evitar ser vencido. Se permite hasta el empate, nunca la derrota. No tocar a la presa en el momento en que se lo ha propuesto puede significar quedarse sin comer efímera o eternamente. 
Saca los codos, aprieta los muslos y mira a los rivales agresivamente. Está listo para atacar. No va a permitirse la derrota. Da igual si tiene que dejarle el codo en las costillas, en la cintura o en los riñones al prójimo o si se tiene que embarrar para estar sobre su víctima.
Una vez arriba nota a los parásitos. Agradece que sean sólo eso, parásitos que se alimentan de la presa sin contaminarla, sin enfermarla. A veces él se beneficia de ellas. Suelen traer alimento para el cuerpo y para el alma. Otras sólo reparten el medio que muchos como él usan para sobrevivir.
Cuando está sobre su víctima descubre a más potenciales competidores. Los mira agresivamente. Les hace entender que ese es su territorio y que va a defenderlo cueste lo que cueste. Ellos devuelven la cortesía. También consideran al animal como suyo. 
Sobre la presa sobreviven godínez, hippies, hipsters, amas de casa, estudiantes y turistas que han descubierto que la bestia es eso, una bestia que posee a sus propias bestias. La selva de concreto puede ser tan o más salvaje que la cubierta por árboles y habitada por fieras.

jueves, 23 de julio de 2015

Entre la ética y el juego limpio

Escrito con un balón en la cabeza

¡Cuánto trabajo cuesta separar lo que sucede adentro y lo que ocurre afuera! La de anoche fue de las veladas más complicadas que tuve como profesional. Empezó con mucha ilusión y acabó siendo algo bastante desagradable. Tenía en mente que fuera de esas que no se olvidan. Que se recuerdan eternamente con una sonrisa porque todo salió bien. Porque la historia es digna de guardarse para contársela a todo el mundo.
No ahondaré en detalles. A los periodistas nos encanta hablar de lo que pasa afuera y mantener como secreto de estado lo que sucede adentro de las redacciones. Guardamos esos secretos celosamente. Quien se atreve a desafiar esa ley no escrita merece ser desterrado. Bien dice Miguel Ríos que pocas cosas hay tan humanas como la contradicción.
La exigencia acá suele ser máxima. Los errores son vistos como la perdición. Una historia mal llevada, una cobertura mal vestida es algo espantoso. A veces, como los porteros, los periodistas no nos concentramos en hacer algo increíble, preferimos no equivocarnos y evitar un gol en contra. En fin, no seguiré con más detalles. Iré al grano de lo que realmente quiero contar.
El golpe que se dio anoche fue doloroso. No lo alcanzó a procesar todavía. Me cuesta mucho entender la trascendencia que está teniendo y las reacciones que se generaban al momento. Me cuesta creer que se haya jugado tan mal teniendo uno más en la cancha. Que el mejor jugador mexicano parezca insistir en el porqué no se le debió llamar. Y me cuesta más entender lo que realmente quedará para el recuerdo.
Está claro que no fue penal. Pero, ¿alguien se atreve a asegurar que Andrés Guardado lo sabía? ¿Alguien se atreve a ponerse en sus zapatos? Si lo fallaba, los defensores del juego limpio lo habrían aplaudido hasta sangrar de sus palmas. El resto habría comenzado con teorías de conspiración. Más de uno habría asegurado que se trataba de una traición al Piojo. Aquel que lo hizo capitán deja el puesto por su culpa. Los peores, se habrían rasgado las vestiduras hablando de que el grupo le tendió la cama al entrenador. Insisto, ¿de verdad sabía Guardado que el penal había sido mal señalado?
Seguro se hablará de Miroslav Klose y el disparo que falló adrede siendo jugador del Werder Bremen. Sí, pero hay una diferencia MUY clara. A Klose lo tocaron y él sabía que no había falta, a Guardado no. No sé si estaba muy cerca o muy lejos de la jugada, pero normalmente el cerebro no logra grabarse esas imágenes que transcurren en décimas de segundo. 
No se trataba de celebrar el gol, de que todo el país lo cantara. Tampoco de acuchillar a un futbolista. Mucho menos viviendo en este país. 
¿Quién -incluyéndome- se precia de jamás haberse pasado una ley por el arco del triunfo? ¡Carajo! Vivimos en el país donde se aplaude al mañoso y no al respetuoso. Aquel que camina por donde claramente dice "No pase" para llegar más rápido al andén y que no lo deje el metro. Vivimos en el país en el que las rayas peatonales sirven para que cuando uno lleva prisa se ignoren a placer. Y eso sólo por poner un par de ejemplos que me ocurren todos los días. No me da cosa decirlo. Más de una vez -casi siempre- me pasé a media calle por la jodida hueva -o prisa- de no caminar al paso peatonal. ¿Y? ¿Pasa algo?
Estamos en un sitio en que la consciencia se manifiesta hasta que alguien más te recuerda que existe. Hasta que el policía te hace la seña de desaprobación -si es que hay policía. Nos enseñaron que si la autoridad no te ve "o es buena onda" puedes hacer casi cualquier cosa y NUNCA va a pasar nada. Y sucede todo el tiempo. En la oficina, en la calle, en casa, en cualquier jodido sitio. Si no te ven o eres amigo de quien manda, tu voluntad se impone a cualquier reglamento o ley existente. Nos vale madres. Cualquier pretexto es válido. 
Así como Guardado dijo que era "profesional" marcar el penal, yo digo que tengo prisa y que quiero llegar al cajero -que no está en la esquina- antes. ¿Y cuál es el problema? Es tan triste como sencillo. Nos enseñaron a hacer eso. No tiene la misma trascendencia mediática, pero en el fondo se trata de algo idéntico. 
No se trata de moral, de juego limpio, de educación. Se trata de consciencia. De eso que a veces se manifiesta. Cuando la vida empieza a cachetearnos o cuando el valemadrismo ajeno nos afecta. Entonces sí, pinche coche, yo soy el peatón, casi me pasa por encima, cabrón, cree que la calle es sólo suya y demás maldiciones ejercidas en contra de quien hizo lo mismo que nosotros y afectarnos.
Tampoco -de nuevo- de justificar a Guardado o al Piojo o a quien sea. Simplemente de reconocer que esa es la realidad -para bien y para mal- que vivimos en este país. La misma que nos permite ser más flexibles, abiertos, prácticos, que personas de otros países y que al mismo tiempo tiene como consecuencia la forma en que vivimos. Es así de sencillo. 

Entre confusiones

Escrito con la cabeza en un montón de lugares

Le costaba concentrarse. Estaba tratando de descifrar qué le estaba pasando. Se levantaba tarde todos los días, Trataba de descansar bien, de tener la mente clara para poder pensar correctamente. No la estaba pasando bien. La exigencia que se imponía era alta. Mientras más se exigía más se equivocaba. Le costaba trabajo manejar la presión y se exigía a sí mismo la capacidad de manejarla, de brillar cuando aparecía.
Llevaba varias semanas con la cabeza en un montón de lugares. Pensaba todo el tiempo. Estaba tratando de encontrarse a sí mismo y no podía. Eso lo tenía desesperado. Había recurrido a la ayuda. A cambio sólo se encontraba con un montón de preguntas. La cabeza le daba vueltas todo el tiempo. Los cuestionamientos se multiplicaban por mil cada vez que le llegaban a la cabeza. Mientras más trataba de desordenarlos, más se le desordenaba el mundo.
Y ese mundo seguía girando. Él trataba de responder bien a cada instante. De que no se percibiera en absoluto que tenía la cabeza en ese montón de lugares que ni él mismo reconocía. Insistía en dormir bien, en no desvelarse tan seguido, pero su adicción al rocanrol le pesaba demasiado. A veces pasaba noches enteras escuchando discos. La misma canción una y otra vez. Cuando el tema le tocaba el alma, intentaba discernir cada palabra. Pensaba que las canciones querían decirle algo y no entendía qué.
Los sueños que tenía -cuando conseguía dormir- eran cada vez más extraños. La ayuda lo hacía sentir bien. Encontraba algunas respuestas, pero esas respuestas le generaban nuevas preguntas y esas preguntas querían ser respondidas en forma de imágenes que el inconsciente le fabricaba. Él no entendía nada.
Cada vez que iba a una tocada sentía que el cuerpo le volaba. La emoción que sentía después de retratar a los músicos muchas veces le generó pensamientos extraños. Lo estaba absorbiendo. Le costaba trabajo canalizarla. Muchas veces se fue a dormir con el corazón latiéndole con más intensidad de la habitual. En otras ocasiones pensó en tomar a la primer mujer que no estuviera acompañada de un hombre y expresar lo que sentía en forma de besos. Creía que eso podría darle la tranquilidad que estaba buscando. Al mismo tiempo temía que se le volviera una adicción, un vicio progresivo. Primero haría intensos los besos, después buscaría coger mientras su banda favorita tocaba. Fantaseaba con esa situación.
Había leído que el ejercicio le ayudaría a liberar un poco su cabeza. Pero no. Todos los días corría rigurosamente una hora. Muchas veces llegó tarde a su oficina por excederse en el ejercicio. Si cuerpo se estaba transformando. Para él no era suficiente. Más de una vez, debajo de las cobijas se gritó que tenía que esforzarse más, que necesitaba tener la mejor figura posible, que él podía y que lo iba a lograr. Lo que pareció liberarle de las tensiones cotidianas le generaba un nuevo estrés. No sabía cómo manejarlo.
Abierto, alegre, sociable, se estaba convirtiendo en un ser huraño. Le costaba trabajo expresarse. De un tiempo para acá se estaba guardando todo. Creía que no tenía caso compartir su locura. Las pocas veces que intentó expresarla se sintió incómodo. Decidió no volverlo a hacer. No le dolía, pero tampoco le generaba placer. A veces sólo le gustaba ver al vacío, perderse en sus propios pensamientos e imaginar que una nube de humo le rodeaba y le hacía invisible.
Cuando tenía que convivir con más gente pretendía fingir. Más de una vez le preguntaron si le pasó algo. Él negaba todo. No se iba a permitir que la imagen de triunfador que él se había encargado de construir se fuera al demonio. Si eso empezaba a desbaratarse, todo se iría abajo y tendría que mostrar la realidad que vivía y que ya no le gustaba, 

Siendo tuyo

Escrito desde hace un sueño

Te miré y estabas tan cerca
Cerca del clímax y de la vida
       Cerca y lejos de lo que buscaba

El alma se abrió y se abrieron sus ojos
Se abrió la boca y pude probar
Probé que estabas ahí 
Tan cerca de la vida y de lo que buscaba

Intenté tocarte y eras de hielo
Un hielo frágil, quebradizo, casi agua
       Y al mismo tiempo eras calor

Y fui tuyo por un instante 
La eternidad se hizo efímera en el clímax
Y sentí calor y sentí frío
Y sentí vida y sentí muerte

Mis labios rozaron tu vientre
Y tu vientre rozó mis ojos 

La vida no estaba en tu sonrisa
La muerte no estaba en tus manos
El amor no surcaba tus piernas
        El odio no se oía en tus palabras

Y me alejé
Decidí moverme al ver el vacío
El ser tan lleno de nada
La vida tan llena de muerte

jueves, 16 de julio de 2015

Me enseñaste

Hace un año que amanecí acá. En este valle, que a veces es de sonrisas y otras tantas de lágrimas. Desde hace un montón de años eras mi tierra prometida. Hoy, justo ahora, comprendo que en ti veo al águila devorando una serpiente sobre el nopal que los hijos de Aztlán buscaban cuando llegaron. Eres eso, una ciudad que ofrece la gloria a cambio del la lucha y el sufrimiento constantes. Esa gloria que está reservada en pequeños islotes sobre lagos de inestable suelo.
Venía buscando la gloria y no sé qué tan lejos estoy de cruzar los canales que llevan a ese islote mágico. Apenas estoy recorriendo el camino. Tratando de escalar tus cerros rocosos, hostiles, llenos de falsos atajos y de riachuelos que amenazan con hacerme caer hasta el fondo si me detengo a disfrutar del agua durante demasiado tiempo.
No te miento. Disfruto de mirar esas tentaciones temporales. De demostrarme a mí mismo qué tan capaz soy de contemplarlas sin que me destruyan al menor intento. No es tan fácil, reconozco, pero la imagen del águila devorando a la serpiente sobre el nopal me inspira a seguir escalando el cerro. Y ojo, la cima de la colina no es el fin. Es sólo el medio para descender hasta el valle. Ese valle que tiene sus propios obstáculos a ras de suelo y debajo de él. Ese valle que al final conduce al islote mágico.
Es complicado hacerlo solo. Pero es necesario. El Everest sólo se escala en grupos, pero muy pocos llegan a la cima. Una cima de la cual no es tan placentero viajar. Al final, cuando se está hasta arriba, bajar no representa mayor problema, mayor reto, que el de salvar la vida propia. Eso sólo ocurre cuando no recuerdas bien a lo que te enfrentaste cuando ibas escalando.
Pero no, insisto. Mi cima no es la que está en lo más alto, es la que está mucho más adelante de la que la geografía dicta. La que indica el triunfo del bien sobre el mal mientras se sufre. La que alimenta el espíritu para soportar el sufrimiento de ver sangrar las extremidades por lo inestable y espinoso que puede ser el suelo, que por instantes, se cree firme.
Me falta un montón para llegar a eso. Pero en el camino me enseñaste un montón de cosas. En el camino he visto salir a mis propias serpientes. He tenido que enfrentarlas. No miento. Me hirieron varias veces. Esas mordidas me intoxicaron un poco, pero no me mataron. Aquí sigo. Tuve que aprender a enfrentarlas. Entendí que son inmunes a su propio veneno y que darles algo para que se entretengan y dejen de joder sólo las hace atacar con más fuerza cuando el entretenimiento se acaba.
Insisto, no ha sido sencillo. Pero nunca había sido tan libre y al mismo tiempo, tan esclavo de mí mismo como ahora. Ha sido una especie de revolución. Cual guerrero azteca que aprender a fabricar mis propias armas para derrotar a esas serpientes. Los escudos nunca me gustaron, pero he comprendido cómo hacer algunos temporales que sirvan para protegerme mientras enfrento a todas esas serpientes que amenazan con devorarme al primer intento.
No tiene caso fingir. Al principio sólo traté de evadirlas. De seguir caminando y hacerme tonto para no verlas. Nada más alejado de la realidad. A las serpientes no se les puede hipnotizar eternamente, mucho menos ignorar. Lo único que se logra con eso es que se enfurezcan y preparen sus venenos más fuertes. Esos, que en circunstancias poco favorecedoras pueden mandar a cualquiera al piso y amenazar con no permitirle que se levante.
Pero, bah, no todo ha sido pelear con serpientes e imaginar la gloria abajo de la cima del cerro. La verdad disfruto mucho lo que llevo recorrido. Más allá de aprendizajes y demás, entender tu compleja naturaleza ha sido extraordinario. ¿Te confieso algo? No me canso de sorprenderme con cada cosa que encuentro en esta pendiente. No dejo de estar pendiente y de preguntarme con qué me vas a sorprender y con qué te voy a devolver la sorpresa.
Eres mágica y misteriosa. Algo así como el disco de Los Beatles. Ese que también habla de colinas y de tontos que se estancan pensando que lo de arriba -o lo de abajo- no vale la pena o que simplemente tienen miedo a salirse de lo que conocen. Reconozco que vengo de un sitio donde llegué a estar así, empantanado en aguas cálidas y mirando siempre cielos azules. Pero, ¿de qué servía? El agua pantanosa sólo trae consigo hongos, aunque al principio sea francamente placentero estar ahí adentro.
¿Sabes? Me encanta conocer entes que van por un camino parecido al mío. Que también están escalando el cerro tratando de llegar a la cima, para luego descender y encontrar esa águila devorando a la serpiente mientras se sostiene sobre el espinoso nopal.
Nunca pensé en enseñarte nada y sí en que me enseñaras. La complejidad de esa lucha del bien contra el mal en medio del sufrimiento me seduce sin que pueda hacer nada para defenderme. Me sedujo desde que vi los borradores de esa historia que hoy estoy escribiendo con base en lo que me haces sentir todos los días. Porque al final y aunque en ocasiones parezca que hay cierta calma, me sigues enseñando.

miércoles, 15 de julio de 2015

Hace un año / Recuerdo

Escrito con el cuerpo en la redacción y la cabeza en un montón de partes


Lo recuerdo. Fue hace un año y me parece como si hubiese sido hace mucho más tiempo. Recuerdo que estaba todo planeado. Sabía que pasaría desde hacía varias semanas. Sólo era cuestión de aplicar los últimos detalles y hacerlo. Hace un año dejé mi casa, parte del corazón y llevé dentro del alma un montón de sueños.
Recuerdo que estaba todo en la maleta. Era una maleta grande. No perdí demasiado tiempo en guardar la ropa. Tomé la que estaba en los estantes. Cogí un montón de camisas que tenía colgadas, las doblé y las metí. No había demasiada ciencia en eso. Después habría tiempo de meter los libros, los discos y todas esas cosas que formaron parte de mi cuarto.
La noche anterior me despedí de algunas personas especiales. El Profe que desde mis inicios como reportero local me respaldó. Lo recuerdo perfectamente. Siempre dispuesto a dar la entrevista -si era nota o no, ya era cosa mía. Una persona bastante agradable y franca. Sé que en esta profesión no es tan sano hacerse amigo de las fuentes, pero sabía que con él no había tanto problema. Caminé a las canchas de basquet de la Deportiva y le dije adiós. Volví a casa, hice la maleta y unos minutos más tarde estaba en esa tortería comiendo con uno de mis mejores amigos. Una de esas personas que habla poco y escucha mucho. Un cuate que acabó convirtiéndose en una especie de hermano mayor. Sin querer, se volvió costumbre que cada vez que regresé a Tabasco, había cita para cenar o almorzar en esa tortería. 
No se me olvida, tampoco, el café que me tomé con una de mis mejores amigas. Era temprano y era necesario. Nunca se me olvida todo lo que me dijo. Siempre tendré en la cabeza -y en el corazón- lo que nos dijimos a plena luz de la mañana. Creyó -y creo que sigue creyendo- en mí. Fue doloroso decirle adiós, pero sabía que más temprano que tarde la volvería a ver y sería increíble.
El siguiente párrafo te lo reservo a ti. Me he abstenido de hablar sobre esto en público. Pocas personas lo saben, pero ese día entendí que los besos también pueden dejar cicatrices profundas. Sabía que iba a separarme de ti. Que más allá de mi partida de Villahermosa, lo que algún día fue nuestro cada vez se hacía más tuyo y más mío. El partido tenía bastante rato en tiempos extras y esta vez no había posibilidad de decidir a algún ganador. Era necesario terminarlo. Lo reconozco, fue raro que se supiera exactamente en qué momento iba a pasar. 
Lo que no me esperaba -lo siento, sigo sin superarlo- es la forma. Suponía, sabía, ¡carajo! Estaba seguro de que iba a doler, pero quería irme con una sonrisa. Cada vez me cuestiono menos el porqué no pasó así. Algo me dice que fue sólo una prueba más de que algunas cosas no dependen sólo de uno. Esa, por ejemplo, es una. 
Me reservo gran parte de lo que pasó contigo ese día. No porque lo evada o porque tenga ganas de pensar que fue distinto, sino porque es demasiado personal. Lamento no poder decirlo. Llegaré hasta la parte en la que contuve el llanto. Los últimos minutos fueron como cuando sabes que vas perdiendo 4-0, que el partido se está acabando y que vas a irte al descenso -en este caso, a otro sitio. Fue muy complicado decir, "no, aguanta tantito, todavía no se vale llorar", pero lo logré. Al final, la carta que te escribí y que empezaste a leer generó demasiadas lágrimas. Sabes lo importante que fuiste y no podía reaccionar de otra manera. Al cierre, sólo el beso. Largo, profundo, hermoso y al mismo tiempo muy doloroso. Fue el último. Ahora lo pienso. No fue el final que quería para la historia, pero al menos hubo algo que rescatar.
No se me olvida, recuerdo perfectamente haber subido al auto en medio de lágrimas. Hoy -más que otros días- te agradezco a ti, papá, por haberme recordado que si dejaba eso era por mis sueños. Me preguntaste si estaba dispuesto a hacerlo y soy honesto, nunca tuve dudas, pero el dolor en ese momento era una cosa espantosa. Sentir que se te arranca un pedazo de carne con esencia de alma -qué frase tan redundante- es algo que nunca me gustaría volver a pasar. Al mismo tiempo reconozco que me hizo fuerte.
Después, el viaje. ¿Para qué hacerse tonto? Fue el más largo de mi vida. Mucho más que el de 20 horas a Guadalajara en 2005 o el de 22 a DF en 2010. Conforme avanzaba sobre la carretera notaba que estaba dejando una parte de mí, pero que era lo mejor. No one's gonna love You more, than I do, canta la Band of Horses y cantaba mi cabeza, mi alma y mi corazón, mientras los ojos soltaban algunas lágrimas que caían en la ventana. Iba con los lentes oscuros. No tolero que se me vea llorar en esos instantes. Simplemente no soporto mostrar esa parte. 
Normalmente charlo mucho en los viajes. En ese, largo y reflexivo, no pude hacerlo. Recuerdo haber hablado muy poco. No tenía cabeza ni voz para hacerlo. No era el momento. No sé cómo serán los viajes para encontrar otro hogar, pero para mí fue así. Fue ver un montón de atardeceres con la única certeza de que al día siguiente volvería a amanecer. De que se estaba acabando una etapa que duró 20 años. Dos décadas, ¡carajo! Y estaba -al mismo tiempo- empezando otra que espero dure cuando menos unos 30 años. El intermedio nunca se menciona en las películas. La única que recuerdo que lo tocó -y de manera francamente tonta- fue El Rey León. Ahora entiendo la razón. Hay poco que contar sobre los intermedios. Simplemente es un puente con un montón de luces que marca el fin de una era y el inicio de otra. 
Continuará...

domingo, 12 de julio de 2015

De futbol, música y apuestas

Escrito desde una redacción

Sábado. 10:45 de la noche. Subo al microbús que me acercará a casa. Estoy desvelado. La noche anterior dormí como seis horas y vengo de un día que parecía no tener fin. Nada fuera de lo normal. Me doy permiso de sentarme hasta adelante para estirar las piernas. No es tan cómodo usar algunos camiones cuando se rebasa el 1.82 de estatura. 
Me voy quedando dormido. Planeo sacar los audífonos para evadirme un poco de la realidad que se manifiesta en ese instante. Parada en la base de Universidad y Miguel Ángel de Quevedo. Dos tipos amagan con subirse y antes le dicen al chofer, "otra vuelta más" y ríen. Por alguna razón no tengo miedo. En esa zona no suele haber asaltos. 
Uno se coloca en la parte posterior de la unidad, el otro casi hasta adelante mientras sostiene un libro con su mano derecha. Entonces anuncia, "señores pasajeros, disculpen la molestia, perdí una apuesta del México contra Cuba y le debo 200 pesos a mi amigo, no tengo dinero y por eso tengo que subirme a cantarles la única canción que me sé. Es muy conocida, si se la saben, ayúdenme a cantarla".
En automático casi todos -salvo quienes sí traen audífonos puestos- comenzamos a reír. La lírica del clásico ranchero mexicano No Volveré, suena a capela en la unidad. Más de uno comienza a seguirlo mientras se aguanta la risa. "No grabes wey, no mames", pide a su amigo, mientras ríe. Los demás tomamos el incidente con gracia y lo seguimos "ayudando".
Suben más pasajeros. Interrumpe brevemente su cantar para explicarles de qué se trata todo. El camión se transforma en una especie de karaoke rodante. Seguro más de algún peatón o conductor vecino cree que la mayoría vamos ebrios.
Al terminar la canción, nos pide ayuda. "Sólo me faltan 90 pesos, si alguien quiere dármelos me va a ayudar mucho para no tener que subirme a otros camiones", afirma el perdedor de la apuesta. 
Le doy un peso -no alcanza para más- y le pregunto: ¿Cuánto apostaste que iba a ganar México?. Él responde "ese es el problema, aposté que ganaba Cuba" y riéndome le replico, "no mames, estás cabrón". Los pasajeros que lo notan se ríen. 
Ambos amigos bajan de la unidad mientras le dicen al chofer, "ya sólo nos faltan dos vueltas". El resto de los pasajeros continuamos riendo incrédulos.