Crócknicas Arácknidas. De la vivencia al relato.

sábado, 23 de mayo de 2015

Uno se exilia

Escrito desde la habitación que empieza a ser


Uno se exilia. Se empieza a olvidar de todo. Se empieza a construir una nueva realidad. Una realidad que en teoría es de cero. Que en teoría es una hoja en blanco, como la de este blog, lista para ser llenada. Las letras que la llenarán son como esas imágenes que uno construye mientras todavía no se exilia. Pero en esa realidad, cada vez más lejana, cada vez más ficticia, uno se está exiliando.

Uno se exilia para dejar de ser y para volver a ser. Pero, ¿cómo dejar de ser lo que no se sabe que se es? ¿Con qué pregunta se inicia la búsqueda del ser? La cuestión es esa, buscarse lejos del mundo conocido, para, en lo desconocido, descubrirse, encontrarse.

El exilio es consecuencia directa del miedo y al mismo tiempo genera temor. El exilio es un ácido que acaba haciendo más grande el agujero formado por la vida en otra realidad. En la realidad que busca dejar atrás el exilio mismo. 

Es pensar que dejando atrás las calles, los amaneceres, la vida como era concebida -para bien o para mal- uno va a encontrarse. Existe el temor de que eso que uno se encuentre no sea de su agrado. No sea lo que imaginó que se encontraría. No sea el ser que se planteó ser desde que la conciencia misma comenzó a existir, desde que esa guía innata y leal -como la describen Las Pastillas del Abuelo- deje ver cosas desagradables, cosas decepcionantes. Y uno se exilia.

El exilio es como esa portada del libro de los niños sosteniendo el mismo libro con ellos adentro. Es un laberinto con salida clara. La salida misma que el exilio tenía por objeto de búsqueda. Se trata de escapar de un mundo, para entrar en otro y en el de uno mismo al mismo tiempo.

Genera miedo y es consecuencia del miedo. Del miedo a fracasar por no haberse movido. Del miedo a pensar en lo que pudo ser. Irónicamente, ese pudo ser también es lo que se dejó al momento de exiliarse, de decir adiós a lo más conocido para empezar a descubrir algo que se veía sólo superficialmente y que ahora se empieza a disfrutar -y a sufrir- en sus entrañas, en su risa y en su llanto, en su dicha y en su pesar.

En el exilio uno se enfrenta a uno mismo. Es una guerra constante, porque la guerra no se da cuando todo estaba perfectamente, sino cuando había grietas que amenazaban con romper de tajo el ser. Ese ser que al final del día acabará rompiendo el exilio. Será una ruptura mucho más profunda. Una ruptura producto de una guerra que comenzó por una herida en uno y que termina en esa misma herida, que se hace profunda y se tiene que sanar desde su propia esencia de herida, para dejar de doler. El exilio es una guerra donde el ganador es quien se exilia y en la que no hay perdedor, salvo que el ser decida volver a ser lo que era antes del exilio.

Es uno de los actos valientes más cobardes y uno de los cobardes más valientes. Es correr. Es ir mientras se va viniendo. Es gritar en forma silenciosa. Es curarse mientras la piel arde, es quemarse con hielo. Es el suicidio que no derrama sangre. Es la operación a corazón abierto sin riesgo de muerte, salvo que el médico -que es uno mismo- decida detenerla justo cuando la anestesia empieza a hacer efecto y el ser comienza a dormirse para despertar siendo uno nuevo.

El exilio -como bien lo dice una obra de teatro de omitido nombre- es ese lapso en el que uno no entiende de qué se trata el nuevo amanecer y cuando uno vuelve al amanecer que solía ser conocido, cada vez lo siente más ajeno. Es el lapso de no soy de aquí, ni de allá, o del soy de aquí y de allá al mismo tiempo. Soy frío y calor al instante. Soy alegría y dolor constante.

Se trata de despedirse de uno mismo para encontrarse con otro, al que se llamará también, uno mismo. Es ese viaje que se hace en una carretera sin asfalto, ni grava, ni concreto, sino sobre espinas que a veces perforan para advertir el sendero equivocado y otras lo sanan para recompensar el esfuerzo bien logrado. Es la búsqueda sin fin de uno mismo. Una pubertad decidida -como bien me dijiste alguna vez. Porque como la adolescencia, cuando uno empieza a entenderla, es porque justo está a punto de superarla. Eso es el exilio. Eso es cuando uno se exilia.