Crócknicas Arácknidas. De la vivencia al relato.

miércoles, 25 de marzo de 2015

El orgasmo del futbol

El gol es el orgasmo del futbol 
Eduardo Galeano

Siempre he creído en el futbol como un medio para entender la vida. Desde que empecé a entender el futbol. Desde que empecé a entender la vida. Cada vez que parece que lo olvido, el futbol me lo recuerda. Lo que sucedió esta mañana no hace sino reafirmar que a veces lo que parece una necedad termina convirtiéndose en una razón más para sonreír.
El balón y yo nunca nos hemos llevado del todo bien. No aprendí a hacerlo mi amigo, sino el eterno causante de muchas de mis alegrías y desgracias. Algo así como un amor apache. Esto se debe -básicamente- a dos problemas. Como diría Roberto Fontanarrosa uno es mi pierna derecha y el otro mi pierna izquierda. Pero como buen necio nunca me ha importado demasiado. Así lo entendí desde que empecé a jugar. Desde que decidí que jamás iba a hacerlo a un nivel "aceptable".
Y el balón es sabio. La mañana del miércoles me trasladé a la cancha de futbol 5 para disputar un partido amistoso. El porqué del juego lo verán publicado en la que desde hace unas semanas es mi casa, juanfutbol. Hacía un par de semanas que no jugaba. Desde que me expulsaron por mentarle la madre un árbitro. Todavía me faltan cuatro partidos de castigo, así es que el amistoso era algo así como un premio de consolación.
Llegué ya con los shorts puestos y me puse a pelotear. Nada fuera de lo común, excepto que hacía mucho tiempo que no jugaba de día. Después de los saludos y el cotorreo se armaron los equipos. Como de costumbre, fui elegido para ir a la banca. Ingresaría en cuanto algún jugador se cansara. No me importó. Realmente no me importaba mucho el partido, sólo quería participar un rato. 
Y así fue. Al poco tiempo ingresé como defensa. Nunca me he sentido cómodo en esa posición, pero gracias a las instrucciones del arquero más o menos me acomodé y no padecí tanto como yo mismo esperaba. El "primer tiempo" lo terminé jugando de portero. Por fortuna mi equipo entendió que no era garantía y no permitió que dispararan una sola vez a mi arco.
Lo bueno empezó en el "segundo tiempo". Bueno, más bien, como a la mitad del segundo tiempo. Entré después de un rato sentado. Me pidieron que lo hiciera de delantero y lo hice. Me acomodé mejor que otras veces y -en parte por mi falta de capacidad- siempre terminaba solo, en posición franca para recibir un pase de gol. 
Hasta el tercer contragolpe recibí el pase que llevaba varios partidos esperando. Solo, con el arco a merced. Sólo hubo un pequeño detalle, el balón venía botando y tenía que pegarle con la zurda. No me importó, me tuve confianza y disparé. Sabía que por la posición tenía que cruzar el tiro. Con eso sería más complicado para el portero y había más chances de acertar. Insisto, el balón me venía botando y a la zurda. Ni siquiera me acomodé. Le pegué como venía y bueno, fue a dar al lugar más complicado e impensado: la escuadra. Sí, ese disparo que en condiciones normales habría terminado en gol, acabó en la escuadra y el portero tomó el rebote.
Acto seguido me puse las manos en la cara. No podía creer lo que había pasado. El balón que llevaba semanas esperando. En buena posición, ¡sin portero! Y la imagen de la escuadra en mi cabeza. Nunca he metido un gol con la zurda y la malaria no terminaba. Obviamente llegaron reclamos de mis compañeros y burlas de los rivales. No había -pese a que lo intenté- modo de justificarlo.
Minutos después una jugada idéntica. Sólo que la pelota venía a ras de piso. El portero estaba mucho más vencido que en la anterior ocasión. Inconscientemente no miré el arco. No me interesaba. Inconscientemente tampoco le pegué con la zurda, le di con la derecha. Inconscientemente fallé el gol de mi vida. La imagen no es muy clara, sólo recuerdo el sonido del balón pegando en el muro de madera, las burlas y los reclamos. No tuve nada que decir, bueno, una grotesca comparación con el tristemente célebre Santiago Fernández.
Poco tiempo después me senté en la banca. Me puse las manos en la cara y seguí escuchando reclamos y burlas. Realmente me sentía como basura. Estaba muy molesto conmigo mismo. ¿Cómo carajos pides una oportunidad si fallas dos pases solo frente a la portería? ¿Qué pretendes? ¿Por qué haces todo sin pensarlo demasiado?
Un cambio de equipo después -con gol en el arco que defendía por no cubrir bien el primer poste- y parecía que el partido no sería diferente a los demás. Entré a la cancha sin demasiado ánimo, tratando de no cometer más errores. Pretendiendo cerrar el juego de la forma más decente posible.
Pero entonces sucedió lo que llevaba aún más tiempo esperando. El pase que de verdad quería. Contragolpe por izquierda. Corrí hacia la derecha y de nuevo quedé solo frente al arco. Mi compañero vio donde estaba. Ante la salida del portero me pasó el balón. No había nada que perder. Literalmente. Si la fallaba, sería otro gol más que no marcaba. Así es que aprovechando que tenía que darle de derecha para cruzarla, lo hice. No la crucé, pero agarré el balón como quería y lo metí por el centro del arco.
¡A huevo putos, a huevo! grité. Me levanté la playera y me la puse en la cabeza al más puro estilo Fantasma Figueroa. Corrí hacia la media cancha y me saqué de encima el estrés. No recuerdo el último gol que había marcado en un partido amistoso. Seguramente lo hice en la cuadra o peor aún, en la secundaria. El placer de haber marcado fue. es y sigue siendo único.
Luego lo reflexioné y entendí que era otra lección que el futbol me estaba dando. Da igual cuantas veces falles. Da igual cuanta frustración haya en el momento. No importa cuántos reclamos recibas. Cuántas veces pienses que mucho caso no tiene seguir en lo mismo. Cuántas lágrimas llores. Al final, ese acierto, esa sonrisa, esa felicitación, suple todo lo que en algún momento pareció malo. 
No hay mucho más que pensar. El punto es no ceder. Fallar tantas veces como sea posible sólo te acerca más al acierto. Es un lugar común, pero es tan sencillo olvidarlo y quedarse en el vacío que uno mismo genera, en el del conformismo. El futbol tiene esa magia. Esa capacidad. Por algo el balón es esférico.