Crócknicas Arácknidas. De la vivencia al relato.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

No puedo ser tu amigo

Lo lamento
Quería llegar a adulto
A ser quien quise ser

Y no puedo

No puedo porque sigo temblando al verte
No porque mi cuerpo es más que mi mente
No porque el corazón es demasiado fuerte

Quise mirarte y no pensar nada
No sentir que el mundo cambia contigo
No sentir que da vueltas para otro lado

El corazón me traiciona
Las hormonas gritan y no puedo callarlas

La boca me pide un beso
Los brazos un abrazo
Las piernas unas piernas

Y no puedo ser tu amigo
No hasta que no encuentre otros besos
            Otra boca
                  Otra voz
            Otra cintura
                  Otros pelo
            Otra vida

Discúlpame

De verdad quiero verte y no sentir
Quiero tocarte y no tocar
Acercarme y alejarme como si nada

Te digo que quiero ser tu amigo
Pero por dentro quiero estar contigo

sábado, 21 de noviembre de 2015

América vs Pumas: la sangre nueva de sus barras

Son las nueve de la mañana de un domingo. Es el Metro Potrero. Junto a los torniquetes está Fabry. No supera los 20 años. Viste una playera de Pumas. Es la azul del torneo Clausura 2006. La acompañan varios amigos de su edad. Todos son la sangre nueva de ‘La Rebel’, uno de los principales grupos de animación del Club Universidad Nacional.

“Desde muy niña iba al estadio. Creo que mi primer partido fue a los cinco o seis años. Mis papás y mis tíos me llevaban. Todos mis primos le van a Pumas. A la barra entré porque mis primos y mis amigos me invitaron. Es un orgullo apoyar a mi equipo.”, narra a juanfutbol.

-¿Por qué te metiste a la barra? ¿Qué sientes estando dentro?

“La verdad es una experiencia única. Lo mejor que me ha pasado en la vida. Me metí porque es mi forma de apoyar a Pumas, de seguir con una tradición que hay en mi familia. Todos somos Pumas y vamos a CU. A mí me gusta cantar y estar con mis amigos. Así les demuestro que estoy con ellos”.

Soy de Pumas desde que estaba en la cuna, reza uno de los cánticos más populares de Ciudad Universitaria. Para Fabry es así. “Me acuerdo de todos los títulos de 2004 a la fecha. El que más disfruté fue el del Clausura 2004 porque fue el primero que ganamos (sic) . Mi ídolo es el Parejita López”.

Cuando está terminando la frase se acerca un joven que rebasa los 25 años. “Es uno de los capos”, se escucha entre los amigos de Fabry. La toma de la cintura y le da un beso. Más allá de la sangre, el amor la une aún más a Pumas.

Ella se va. Se queda uno de sus amigos. No rebasa los 16 años. Se llama Juan Manuel. Tiene una discapacidad para hablar claramente. Aún así, acepta platicar con juanfutbol.
Su historia se parece a la de Fabry. En su familia todos -excepto su madre- son de Pumas. Lo llevaron al estadio desde muy niño. El azul y oro le quedaron tatuados eternamente.

“Tengo un mes y medio en la barra. Apenas estoy conociendo lo que es ir a apoyar a Pumas cuando juega. Antes no iba tanto al estadio. Mis amigos me estuvieron insistiendo hasta que mis papás me dieron permiso”, relata.

Él no ha vivido los títulos de Pumas. “No me acuerdo de cuándo ganamos. Sé que ya quedamos campeones y por eso me gusta venir. Ahora quiero estar cuando vuelvan a serlo”, confiesa.

Del actual plantel no conoce a nadie. Se le cuestiona por Eduardo Herrera, Matías Britos, Alejandro Pikolín Palacios y Darío Verón. No sabe nada de ninguno. “Son buenos porque son de Pumas”. -No digas eso, wey, Herrera es el que mete los goles, el de la Selección- lo interrumpe otro miembro de la barra que escucha a unos metros.

De acuerdo con el Sociólogo Investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana Arturo Gómez los adolescentes como Fabry y Juan Manuel buscan en las barras un “sentido de pertenencia”. Al conocer su historia explica que ya lo tienen. Ahora se trata de reafirmarlo, consolidarlo, hacerlo parte de su identidad.
Al mismo tiempo sirven para canalizar a las masas. “Las barras son una práctica del propio sistema social para canalizar a los jóvenes, en cierto modo tenerlos contenidos en un ambiente de enajenación. Que se tenga una catarsis de ir al futbol no quiere decir que se resuelvan las problemáticas que viven”, explica.

Que haya menores de edad en sus filas no es poca cosa. “Al público se le tiene que educar”, asegura. “Estos jóvenes muchas veces no tienen un sentido crítico de lo que están viendo, de lo que están haciendo. Al mismo tiempo el consumo de alcohol produce violencia, un fenómeno que se da mucho en este tipo de grupos”, advierte.

Al norponiente de la ciudad se reúne parte de la barra americanista Ritual del Kaos. Es el Metro Rosario. Es un sábado y son las 11 de la mañana. Ahí está Andrés. Ahí están sus dos hermanos. Él no rebasa los 15 años. Ellos delatan mayoría de edad. Los tres visten la tradicional playera amarilla y la combinan con mezclilla rota y botas.

“Esta que trae El Andresito se la heredamos nosotros. Empezamos como él” cuenta Enrique, el hermano de en medio. Javier, el más grande, se niega a hablar. Pide que se apague la grabadora. Sus ojos delatan agresividad. Autoriza que Andrés charle. Al mediano le hace una seña y se alejan un par de metros. Hace falta tomar notas para registrar su testimonio.

“Irle al Ame es como una obligación en mi familia. Nosotros somos de barrio y es lo que nos une. Mis hermanos siempre se meten en broncas. Ya estuvieron en el Reclu y yo no quiero que me pase lo mismo. Tampoco voy a dejar de apoyar al Ame. Ellos me cuidan y yo a ellos. Trato de que ya no se peleen con otros grupos”, menciona. Javier y Enrique ríen con malicia al escucharlo.

Andrés es americanista desde que nació. Cuando era bebé ya tenía su playera. “Me siento orgulloso de serlo. Nosotros sí ganamos. En el Ritual somos como una familia. Todos nos cuidamos, nos hacemos el paro cuando la tira se quiere pasar”, agrega.

Le duele la discriminación. Le molesta que la autoridad y algunas personas los cataloguen como delincuentes. “Sí somos medio chakas, pero mis hermanos ya casi no hacen nada. Mi mamá me tiene amenazado si me agarra la tira. Ellos se tienen que portar mejor para que no me chinguen”, expresa.

Es tan Águila como el que más. Refiere saber quién es Alfredo Tena. Habla con orgullo del América de Beenhakker. Menciona a Cuauhtémoc Blanco y se le iluminan los ojos: “Mis hermanos me dicen que fue lo mejor que le pasó al equipo”.

Fabry y Andrés no dejan de lado la rivalidad entre Pumas y América.

“Somos muy diferentes. Ellos son los chakas y nosotros los estudiantes. Por eso nos odiamos tanto. Si nos encontramos en la calle como gente normal, ni nos volteamos a ver. Con la barra es diferente. Nos han hecho muchas”, reclama Fabry.

“Mis hermanos me enseñaron eso. Con Pumas, con Chivas y con Cruz Azul no perdemos ni adentro ni afuera de la cancha. Si se meten con uno del Ritual todos tenemos que defenderlo”, coincide Andrés.

martes, 17 de noviembre de 2015

Aquellas noches

Aquellas noches
Y aquellos besos
Aquellos instantes
Y aquella sinceridad

Aquellas que no queríamos que acabaran
Aquellas en las que soñamos despiertos
Aquellas en las que hicimos eterna la brevedad
Aquellas en las que un instante se hizo un año

Aquellas en las que acaricié tu pelo
Aquellas en las que me tocaste el alma
Aquellas en las que soñamos con más
Aquellas que hoy son las menos

Aquellas que hoy parecen lejanas
Aquellas que no paro de ver
Aquellas que no pasarán otra vez
Aquellas que no puedo olvidar

Aquellas noches en las que me prometiste eternidad
Aquellas en las que te advertí que eras correspondida
Aquellas en las que nos transformamos
Aquellas en las que nos enamoramos

Aquellas en las que tu sonrisa se hizo la mía
Aquellas en las que el brillo de tus ojos iluminó la noche
Aquellas en las que una caricia no bastaba
Aquellas en las que un abrazo nos contagiaba

Aquellas que queremos revivir
Aquellas que hoy son un sueño
Aquellas que viven en el alma
Aquellas que ya no volverán

Flaca

No pensé que fueras necesaria
No estabas ahí cuando nací
Ni creo que estés cuando muera

Igual me transformaste
Y te transformaste

Me transformaste en un ser que te necesita
Y te transformaste en lo que necesito

Flaca
     Me transformaste, flaca

¿A quién pensé en engañar?
Bromeaba con que serías como agua de río
Creía que eras nube de paso
          Y me mojaste

Flaca
          Sé que no querías
   Que ni siquiera lo pensaste

Fue una charla
Un paso
Una mirada
Una sonrisa

Fue una caricia... flaca
Un abrazo
Un beso

Flaca
         Fue una promesa
Un montón de ilusiones
Un espejismo
             Uno de esos que parecen reales

Flaca
Fuiste perfecta
En el momento imperfecto

Fuiste anormal... flaca
Cuando todo era normal
Fuiste ruido en el silencio
Fuiste el gol en un cero a cero

Y me hiciste necesario
Y te hiciste necesaria, flaca

Me calmabas
Y me excitabas

Eras como la luna en el mar
Como el fuego bajo el agua
Como la lava en un volcán
Como el viento en la arena

Fuiste brevemente eterna
Perfectamente imperfecta
Inconcebiblemente concebida
Perdidamente encontrada, flaca

lunes, 16 de noviembre de 2015

Te extraño

Y te recuerdo
Y me descubro pensándote
Y extrañándote

No me atrevo a leer tus mensajes
Ni a escuchar tu voz
Ni a mirar tus fotos
Ni a cantar tus canciones

Me descubro pensándote sin consciencia
Mirándote como se mira al sol en el atardecer
Sin consciencia del tiempo o el espacio

Y me descubro llorándote
Como se llora al nacer y al morir
También, sin consciencia del tiempo o el espacio

Y la mente es poderosa
Inconsciente y poderosa

Prefiero decirle que te mate
Que piense que ya no existes
Que no vives en ningún sitio
Que no lates en ningún corazón

Porque si vives me matas
Y si mueres vivo
Salvo que vivamos juntos
En otra realidad

Y ni la muerte te mata
Porque te sigo extrañando
Te sigo pensando
Te sigo recordando

A lo muerto se le recuerda mejor que a lo ausente
Morir es resignar
Estar ausente es poder estar pero sin estar
En cambio morir es no estar
Se pueda o no se pueda estar

Por eso intento matarte
Porque te extraño
Porque te pienso
Porque te recuerdo

Contigo no hubo lágrimas
Ni dolor
Ni enojo
Ni tristeza
Ni silencio

Tu existencia fue tan breve
Como fuerte fue tu partida
Tan brillante y cálida
Tan húmeda y tan fresca

Tu presencia no deslumbraba
Ni quemaba
Ni empapaba
Ni congelaba

Era exacta
Como la palabra
         Precisa
Como el tiempo
         Oportuna
Como una sonrisa

Por eso te extraño
Te pienso
Te recuerdo

viernes, 13 de noviembre de 2015

Quisiera

Quisiera decirle que no
Que volveré a llamarla cada noche
Que volveré a robarle una sonrisa
Que a cambio le daré suspiros

Quisiera decirle que es mentira
Que no me voy para siempre
Que puedo con eso y mucho más
Que todo es una pesadilla

Quisiera seguir contándole todo
Que me gusta
Que la quiero
Que no necesito más

Quisiera no despedirme
No dejarla
No moverme
No parar de sonreír

lunes, 9 de noviembre de 2015

Me enamoré

Porque escucho tu voz al teléfono y tiemblo
Porque el corazón late más rápido
Porque respiro diferente, más profundo

Porque mi estómago se revuelve cuando estás cerca
Porque no puedo evitar ver tu foto sin sonreír
Porque no puedo evitar sonreír al escribir de ti

Porque me brillan los ojos todo el tiempo
Porque si algo anda mal pienso en ti y cambia
Porque contigo cambio aunque no piense en ti

Porque me duele la cara de tanto sonreír
Porque me duele cuando sé que estás mal y estoy lejos
Porque me duele la panza de tanto reír contigo

Porque no veo mi futuro si no estás ahí
Porque no quiero ver el presente sin ti
Porque mi pasado se explica cuando apareces

Porque cuando te abrazo el tiempo se detiene
Porque cuando te beso todo va más rápido
Porque cuando me acaricias pierdo noción del espacio

Porque mi cama es más grande desde que te conocí
Porque duermo menos, pero mejor desde ese día
Porque mi cuarto quiere ser también tu cuarto

martes, 27 de octubre de 2015

Cuando se cumple un sueño

Te soñé un montón de veces
Con otra cara
Con otro nombre
Eras tú

Era tu esencia
Era tu modo
Era tu risa
Era tu ser

Tenía los ojos cerrados
Y el corazón abierto
La boca en movimiento
El alma en un aspaviento

A diferencia de otros sueños
Tú te hiciste realidad
Abrí los ojos y ahí seguías

Lo sé
Tus manos apretaron las mías
Tu boca volvió a acercarse
Tus ojos volvieron a mirarme

Y volví a cerrarlos
Jugué con tus labios
Mordiste los míos

La mordida me hizo estar más seguro
Eras tú y estabas ahí

Con tu nombre
Con tu esencia
Con mi sueño hecho realidad

domingo, 13 de septiembre de 2015

Huele a tokín

Escrito en la sala de una casa, con músicos tocando frente a mí

Huele a tokín
Huele a rebeldía
A tabaco
A mota
A alcohol
A penas y a melancolías

Allá los locos hacen llorar a la guitarra
Eyaculan sobre la trompeta
Se enamoran discretamente, como enamora el bajo

Se miran reflejados en el compás del jazz
Pelean cada batalla en un breve slam
Viven a los golpes, como las baquetas

El pulque les da otra consciencia
El polvo les pinta la cara
Y una canción les roba una sonrisa

Allá ella lo mira
Le sonríe a discreción
Él agacha la cabeza
Le atrae
Pero le hace el amor a otra vida
A la del humo
A la del dolor
A la de la muerte

Ella se disfraza de otra muerte
Resopla y juega con su hierba
Con su polvo
Con su propia vida
Con su propia soledad

En frente ellos están en su trance
En su risa, en su euforia, en su placer

Juegan sus juegos
Sueñan sus sueños
Miran sus cielos

Tal vez mañana despierten
Tal vez sigan riendo
Sigan jugando
Sigan soñando
Sigan mirando

martes, 8 de septiembre de 2015

Ahí estaba (o un homenaje al rescatista del 19 de septiembre)

Basado en hechos reales, en homenaje a uno de los héroes anónimos del 19 de septiembre

Despertó. Era lunes y tenía que ir a trabajar. Se puso la camisa, el suéter con el escudo de la empresa, el pantalón, la corbata. Alistó su peinado, impecable, como siempre. Había que sacar adelante las ventas de la empresa y luchar por mejoras en las condiciones de los trabajadores vía sindicato. El casco que estaba sobre el librero no iba a usarse ese día. Al menos eso creía. 
Ya había llegado a la oficina y se preparaba para un día de locos. Mexicana de Aviación lo necesitaba y él quería responder a las exigencias que se había puesto. Se tomó el respectivo café después de saludar con suma educación a quienes lo rodeaban. Llevaba tres ese y sentía que necesitaría más. Entonces la tierra se movió...
Temblores en la ciudad recordaba pocos. El último de gran magnitud ocurrió cuando tenía dos años. Se acordaba poco y nada de lo que se sentía cuando el suelo se movía. Sin saberlo, ese día no lo olvidaría jamás. 
Salió lo más rápido que pudo del edificio de Xola. El emblemático para Mexicana de Aviación. Ayudó a quienes tenía alrededor. De inmediato localizó a sus hermanos, a sus hermanas, a su mamá. Todos estaban bien. Lo que seguía era lo más duro. 
Volvió a casa. Logró reportarse con sus compañeros de la Cruz Verde y se puso el casco que esa mañana había ignorado. Salió tan rápido como pudo y empezó a darse cuenta de que se venían días largos para la ciudad que lo había visto crecer. El monstruo chilango se había derrumbado. No estaba muerto, pero la herida era profunda. 
Caminó unas cuadras y el edificio que todos los días contemplaba con total normalidad desde su auto no existía, eran simples escombros. Las lágrimas brotaban de sus ojos. El sudor escurría de su frente. La desesperación inundaba su ser. Sintió la fuerza que desde su adolescencia, antes de la amibiasis que casi lo liquida no sentía. Quitó un trozo de concreto. Escuchaba voces pidiendo ayuda. Se deshizo de otro. Entonces vio una mano arrugada sangrando y buscando la luz. Él se encargaría de que la encontrara. Jaló con los músculos y el alma. La anciana lo miró agradeciéndole la vida. Él sólo quería encontrar a más personas vivas. De inmediato la condujo a la ambulancia. Por fortuna no tenía demasiadas heridas graves.
Más compañeros se unieron a él. Sin saberlo, ese día salvarían a cientos de personas y le devolverían el alma a otras miles. En ese edificio el trabajo estaba hecho. Faltaban decenas de construcciones convertidas en añicos.
Esa noche no durmió demasiado. En cuanto el sol salía entendía que era hora de meter la mano bajo más escombros y sacar a cuantas personas fuera posible. Lloró como nunca lo había hecho cuando vio a dos niños moribundos junto a su madre colgando de su brazo. No lo recuerda. Años después sus compañeros lo reconocieron y él simplemente no podía ver lo que en ese momento lo impactó tanto. Su acto heroico sólo lo conocían ellos tres y quienes lo rodeaban. 
Los días se iban como agua. Más y más personas tomando sus extremidades como trozos de cielo. Una mano le quedó marcada cerca de la muñeca. Él simplemente metió el brazo abajo de un trozo de concreto esperando a que algo se manifestara. Era un joven estudiante que se había ido de pinta ese día. Sin saberlo, sus amigos estaban detrás de él en forma de cadáveres. Al ver el brazo de su salvador lo tomó sabiendo que era su única oportunidad de vivir. La desesperación hizo que se marcaran los dedos. De eso tampoco se acuerda nuestro héroe anónimo. Sabe que pasó por lo que le cuenta la gente que estuvo a su lado.
Lo que más recuerda es a esos tipos vestidos de verde sacando víveres e ignorando a las personas. La mercancía era vendida al mejor postor. Un rifle de alto calibre era la mejor forma de obligar al pago de los alimentos, del agua, de la ropa. El Estado vestido de criminal sólo trataba de beneficiarse de una tragedia en la que otros eran los salvadores. Por fortuna, la indignación no era suficiente para terminar con sus ganas de ayudar a quien lo necesitara.
Conforme fueron pasando los días aumentaron las horas de sueño. ¿Cómo le hicimos para sacar a esas personas? ¿De dónde sacamos fuerza? Esos ladrillos no se levantaban tan fácil. No me imagino lo que sintió esa madre al ver a sus hijos en la ambulancia. De milagro están vivos. ¡Y la viejecita! A la que le cayó el muro en la cabeza. Esa mujer tiene un angelote. Se cuestionaba. 
Pasaron dos semanas hasta que volvió a la oficina. De repente se levantaba de su asiento y se iba al baño con los ojos llenos de lágrimas. Más de una vez se sorprendió en el coche llorando mientras conducía a la sede del sindicato. En otra ocasión una señora lo abrazó en la calle. Él intentó recordar de dónde la conocía. Ella sólo se limitó a agradecerle la vida de sus hijos y de sus esposo. Los tres quedaron parapléjicos, pero vivos, gracias a usted y a Dios
Hoy ese héroe anónimo está lejos de la Ciudad de México. El casco es un recuerdo más con el que sus hijos jugaron cuando eran niños. A 30 años de la tragedia, sirva este texto como homenaje. 

martes, 25 de agosto de 2015

A 10 años de tu partida

Escrito con la cabeza en tu recuerdo


Honestamente dudo que vayas a leer esto. Me encantaría que lo hicieras. Escribo con la cabeza en tu recuerdo y en el lugar en el que sin prometerte, siempre te dije que estaría. Hace 10 años. Era una noche bastante agradable. Acababa de entrar a tercero de secundaria. Las cosas pintaban muy bien. Estaba de ocioso viendo una página de coches, una afición que sin querer me habías contagiado.
De repente sonó el teléfono. Era la tía Lupita. Al escucharla me alegré mucho. No te miento. Lo primero que me pasó por la cabeza fue "van a venir a casa mis tíos, mis primos y mis abuelitos". Insistí en saber qué pasaba y de nuevo me pidió que la comunicara con mamá. Pensé que algo grave se venía y no estaba equivocado. La cara de mi mamá cambió. Ni siquiera en los accidentes de autos que tuvimos la había visto tan mal. De repente un grito de dolor que fue replicado de inmediato por mí y por mi hermano. Algo terrible había pasado.
Mamá sólo nos dijo que te había dado un infarto. Por alguna razón -que nunca pienso investigar- no quiso informarnos sobre tu partida. Quizás ella se negaba a aceptarlo. Quizás no quiso asustarnos. No lo sé, no pienso averiguarlo. Pepe y yo estábamos muy asustados. No pasaron más de tres o cuatro horas para subiéramos al auto vestidos de negro y viajáramos a Tula. Había sido un verano lleno de viajes en carretera y todavía no terminaba.
Al día siguiente ya estábamos en tu casa. En la que nos habían enseñado a querer gracias a que siempre estabas ahí. Esta vez era diferente. El espacio en el que semanas antes jugábamos con los primos estaba cubierto de autos. Nunca tuve dudas de que eras una persona muy querida. Ese día me quedó más claro que nunca. Entramos a la sala-comedor en la que tantas veces convivimos contigo y no estabas. No estabas ni ahí ni en el taller en el que solías pasar gran parte del tiempo. Si no estabas en la camioneta o en el coche en la carretera, estabas en casa o en el taller.
Papá nos ofreció comida. Poco después te vi por primera y penúltima vez en el ataúd. No soportaba estar cerca de ahí. Me acostumbré a verte siempre trabajando, comiendo, manejando, viendo un partido de futbol o mentando madres a los soldados, a los policías federales o a cualquier representante de secta protestante que te pidiera dinero. El mirarte acostado, con los ojos cerrados y con tantas lágrimas alrededor era contradictorio. Tú nunca provocaste lágrimas ajenas.
El detalle dos días después, en tu entierro, es algo imposible de olvidar. Insististe hasta el cansancio que no querías provocar dolor ni lástima. Con ese par de arco iris, acompañados de lluvia tibia y sol, nos dejaste en claro que estabas donde tenías que estar. No tengo forma de comprobarlo, pero al día siguiente, los cinco goles de Cruz Azul a Pumas fueron un homenaje del equipo para ti. Me voy a morir pensando eso.
Tu recuerdo vive eternamente. La última vez que fui a tu casa, en 2006, más de una vez pensé que en cualquier momento, mientras estaba sentado en uno de tus sillones, saldrías detrás de una pared y nos asustarías como solías hacerlo. Era tu manera de bromear. Nos gustaba. Los viajes en carretera eran una experiencia increíble cuando tú manejabas, No sé cuándo volveré a transitar por la México-Tuxpam, pero sé que esa autopista era tu sueño y cuando eso ocurra, sé que ahí estarás, acompañándome.
A diez años te debo mucho. Si tú no me hubieras enseñado lo que sé de futbol, posiblemente no estaría en esta redacción escribiendo sobre eso. Seguramente no me habría enamorado de hablar de futbol. Tampoco olvido muchos de tus otros consejos. Fuiste, eres y serás, el mejor abuelo que me pudo tocar. Seguro peco de egoísta, pero, me habría encantado que vivieras terrenalmente muchos años más. No te cuento la cantidad de historias que habrías sacado de todo lo que pasó. Haces falta, aunque sé que nos estás cuidando desde allá arriba. Si vieras a mi abuela estarías orgulloso de ella. ¡Tanto que renegabas del celular y tanto que ella aprendió a usarlo! De tus hijos no te digo mucho. Tú los ves y los cuidas a diario.

Con cariño

Tu nieto

jueves, 6 de agosto de 2015

La tarde más larga

Escrito con camisa y corbata en una oficina

Ahí estaba. La había visto cuatro o cinco días antes. Él era un godínez en toda la extensión de la palabra. Pasaba horas y horas frente a su computadora. Como sus compañeros, rebasaba los 30 años y era de los pocos que seguía soltero. Más de una vez le preguntaron por sus conquistas. Él respondía como aquel al que le vale madres el mundo y finge siempre tener demasiado trabajo.
Su cotidianidad, tan llena de papeles, memorándums y postits se había visto interrumpida. Ahora pasaba más tiempo con unos audífonos fingiendo que escuchaba nuevas formas de hacer negocios. No, se trataba de las canciones que habían marcado su adolescencia. La crisis de los 40 le estaba llegando a los 30 y se había detonado por una presencia.
Tres o cuatro días antes salió con uno de sus compañeros, -tan godínez como él- a comprar comida. Le llamaba la atención el puesto de tacos que siempre estaba lleno. Normalmente era cuidadoso y llevaba comida en topers a la oficina. Se notaba que procuraba lo que comía. Presumía que él mismo se hacía su comida. Las pechugas de pollo relucían en su escritorio los lunes, los viernes se dejaba llevar por lo casual y le apostaba a las milanesas de res. Nunca faltaban rebanadas de pan junto a la carne. A un costado aparecían las verduras picadas. De vez en cuando llevaba arroz o pasta. Se presumía sano.
Ese medio día de miércoles decidió cambiar. La rutina empezaba a asfixiarlo y las canciones lo orillaban a ser como solía, aleatorio, espontáneo, impulsivo, vivaz y alegre. "¿En qué momento dejé de ser así?", le preguntó a su compañero. A cambio recibió una breve carcajada acompañada de hombros levantados. Al godínez que había aceptado acompañarlo a comer le valía madres el asunto. Él sólo llevaba un año de conocerlo y no tenía el menor interés en hablar sobre la adolescencia del adulto.
"Vamos al puesto de tacos, siempre está hasta la madre y algo deben tener", le sugirió al silencioso colega. La respuesta fue seguir caminando en la misma dirección. Cuando atravesaban la Avenida Revolución casi es atropellado. El oficinista recibió varias mentadas de madre y siguió caminando con el cuello hacia su izquierda. No entendía lo que estaba pasando. Nadie notó la causa. "Pinche pendejo, casi ocasiona un accidente", se le escuchó decir a otro godínez.
Era muy callado. Durante la comida no hubo nada anormal. Pasadas dos horas más comenzó a sentir demasiada ansiedad. Pese a que era miércoles y el Código Godín prohíbe la informalidad hasta antes de los viernes, se aflojó la corbata y se arremangó la camisa; jugó un poco con su bigote y más de un compañero se le quedó viendo en forma extraña. Él comenzó a recordar lo que había ocurrido y lo entendió.
Justo del otro lado de la avenida en la que su vida había corrido peligro estaba ella. Con tanta facha godín como cualquiera de sus compañeras, pero más hermosa que nadie. Intentó recordar con más claridad sus medias, su falda, su blusa, sus labios, su mirada, su cabello. Su mente sólo le permitió visualizarla vagamente. Recordó que ella también lo miró. La diferencia es que de ese lado de la vialidad no pasaba ningún vehículo. 
Siguió escuchando a los Estridentes Mocosos y se perdió en una canción. Hablaba de la vida sin ataduras, sin camisas godínez, sin zapatos y sin tarjetitas checadoras. Y en un viaje al finito, nos perderemos, sin fijo destino, sin más para pensar, rezaba el coro de la canción que tantas veces lo había hecho llorar en su adolescencia mientras se fumaba un porro que él mismo se preparaba en la soledad de su habitación.
Relacionó la canción con ella. Quería buscarla y llevarla a ese infinito del cual hablaba. Se le derramaron algunas lágrimas de los ojos. Una de sus compañeras se acercó para preguntarle si estaba bien. Él se asustó y asintió. Le preparó un té y se lo colocó en el escritorio de vidrio que había sido suyo durante más de diez años. Él fue bebiéndolo poco a poco. Se sentía mejor. La ansiedad disminuía y se transformaba en esperanza. La esperanza de volverla a ver. 
Cuando vio el reloj de la computadora notó que pasaban de las diez. No había nadie en la oficina. Nunca notó cuándo se fueron todos. Sin razonar demasiado, apagó el monitor de la computadora y se alegró de que no le fuera a tocar gente en el Metro. La ansiedad había terminado y a cambio quedaba una ilusión que seguiría por muchos, muchos más días. La ilusión de verla otra vez. 

viernes, 31 de julio de 2015

El subsuelo de la selva de concreto

Escrito desde el vagón anaranjado


La bestia posee sus propias bestias. El salvajismo se manifiesta en sus durmientes, en sus pasillos y en sus torniquetes. Ahí va, el cazador asechando a su presa. No la piensa devorar. Sólo quiere valerse de ella para llegar a ese sitio que le permitirá saciar el hambre, el ocio o el placer. 
Mira a sus competidores. Hay de todo. Unos que lo superan en tamaño. A otros los supera. Están también los que sólo esperan un descuido para despojarlo de sus armas, son a los primeros que detecta. Les sonríe y acelera. Intenta evitarlos a toda costa. Al resto le importa poco o nada la batalla. Se mueven por inercia, sin un fin definido. 
La jungla lo educó para defenderse. Para evitar ser vencido. Se permite hasta el empate, nunca la derrota. No tocar a la presa en el momento en que se lo ha propuesto puede significar quedarse sin comer efímera o eternamente. 
Saca los codos, aprieta los muslos y mira a los rivales agresivamente. Está listo para atacar. No va a permitirse la derrota. Da igual si tiene que dejarle el codo en las costillas, en la cintura o en los riñones al prójimo o si se tiene que embarrar para estar sobre su víctima.
Una vez arriba nota a los parásitos. Agradece que sean sólo eso, parásitos que se alimentan de la presa sin contaminarla, sin enfermarla. A veces él se beneficia de ellas. Suelen traer alimento para el cuerpo y para el alma. Otras sólo reparten el medio que muchos como él usan para sobrevivir.
Cuando está sobre su víctima descubre a más potenciales competidores. Los mira agresivamente. Les hace entender que ese es su territorio y que va a defenderlo cueste lo que cueste. Ellos devuelven la cortesía. También consideran al animal como suyo. 
Sobre la presa sobreviven godínez, hippies, hipsters, amas de casa, estudiantes y turistas que han descubierto que la bestia es eso, una bestia que posee a sus propias bestias. La selva de concreto puede ser tan o más salvaje que la cubierta por árboles y habitada por fieras.

jueves, 23 de julio de 2015

Entre la ética y el juego limpio

Escrito con un balón en la cabeza

¡Cuánto trabajo cuesta separar lo que sucede adentro y lo que ocurre afuera! La de anoche fue de las veladas más complicadas que tuve como profesional. Empezó con mucha ilusión y acabó siendo algo bastante desagradable. Tenía en mente que fuera de esas que no se olvidan. Que se recuerdan eternamente con una sonrisa porque todo salió bien. Porque la historia es digna de guardarse para contársela a todo el mundo.
No ahondaré en detalles. A los periodistas nos encanta hablar de lo que pasa afuera y mantener como secreto de estado lo que sucede adentro de las redacciones. Guardamos esos secretos celosamente. Quien se atreve a desafiar esa ley no escrita merece ser desterrado. Bien dice Miguel Ríos que pocas cosas hay tan humanas como la contradicción.
La exigencia acá suele ser máxima. Los errores son vistos como la perdición. Una historia mal llevada, una cobertura mal vestida es algo espantoso. A veces, como los porteros, los periodistas no nos concentramos en hacer algo increíble, preferimos no equivocarnos y evitar un gol en contra. En fin, no seguiré con más detalles. Iré al grano de lo que realmente quiero contar.
El golpe que se dio anoche fue doloroso. No lo alcanzó a procesar todavía. Me cuesta mucho entender la trascendencia que está teniendo y las reacciones que se generaban al momento. Me cuesta creer que se haya jugado tan mal teniendo uno más en la cancha. Que el mejor jugador mexicano parezca insistir en el porqué no se le debió llamar. Y me cuesta más entender lo que realmente quedará para el recuerdo.
Está claro que no fue penal. Pero, ¿alguien se atreve a asegurar que Andrés Guardado lo sabía? ¿Alguien se atreve a ponerse en sus zapatos? Si lo fallaba, los defensores del juego limpio lo habrían aplaudido hasta sangrar de sus palmas. El resto habría comenzado con teorías de conspiración. Más de uno habría asegurado que se trataba de una traición al Piojo. Aquel que lo hizo capitán deja el puesto por su culpa. Los peores, se habrían rasgado las vestiduras hablando de que el grupo le tendió la cama al entrenador. Insisto, ¿de verdad sabía Guardado que el penal había sido mal señalado?
Seguro se hablará de Miroslav Klose y el disparo que falló adrede siendo jugador del Werder Bremen. Sí, pero hay una diferencia MUY clara. A Klose lo tocaron y él sabía que no había falta, a Guardado no. No sé si estaba muy cerca o muy lejos de la jugada, pero normalmente el cerebro no logra grabarse esas imágenes que transcurren en décimas de segundo. 
No se trataba de celebrar el gol, de que todo el país lo cantara. Tampoco de acuchillar a un futbolista. Mucho menos viviendo en este país. 
¿Quién -incluyéndome- se precia de jamás haberse pasado una ley por el arco del triunfo? ¡Carajo! Vivimos en el país donde se aplaude al mañoso y no al respetuoso. Aquel que camina por donde claramente dice "No pase" para llegar más rápido al andén y que no lo deje el metro. Vivimos en el país en el que las rayas peatonales sirven para que cuando uno lleva prisa se ignoren a placer. Y eso sólo por poner un par de ejemplos que me ocurren todos los días. No me da cosa decirlo. Más de una vez -casi siempre- me pasé a media calle por la jodida hueva -o prisa- de no caminar al paso peatonal. ¿Y? ¿Pasa algo?
Estamos en un sitio en que la consciencia se manifiesta hasta que alguien más te recuerda que existe. Hasta que el policía te hace la seña de desaprobación -si es que hay policía. Nos enseñaron que si la autoridad no te ve "o es buena onda" puedes hacer casi cualquier cosa y NUNCA va a pasar nada. Y sucede todo el tiempo. En la oficina, en la calle, en casa, en cualquier jodido sitio. Si no te ven o eres amigo de quien manda, tu voluntad se impone a cualquier reglamento o ley existente. Nos vale madres. Cualquier pretexto es válido. 
Así como Guardado dijo que era "profesional" marcar el penal, yo digo que tengo prisa y que quiero llegar al cajero -que no está en la esquina- antes. ¿Y cuál es el problema? Es tan triste como sencillo. Nos enseñaron a hacer eso. No tiene la misma trascendencia mediática, pero en el fondo se trata de algo idéntico. 
No se trata de moral, de juego limpio, de educación. Se trata de consciencia. De eso que a veces se manifiesta. Cuando la vida empieza a cachetearnos o cuando el valemadrismo ajeno nos afecta. Entonces sí, pinche coche, yo soy el peatón, casi me pasa por encima, cabrón, cree que la calle es sólo suya y demás maldiciones ejercidas en contra de quien hizo lo mismo que nosotros y afectarnos.
Tampoco -de nuevo- de justificar a Guardado o al Piojo o a quien sea. Simplemente de reconocer que esa es la realidad -para bien y para mal- que vivimos en este país. La misma que nos permite ser más flexibles, abiertos, prácticos, que personas de otros países y que al mismo tiempo tiene como consecuencia la forma en que vivimos. Es así de sencillo. 

Entre confusiones

Escrito con la cabeza en un montón de lugares

Le costaba concentrarse. Estaba tratando de descifrar qué le estaba pasando. Se levantaba tarde todos los días, Trataba de descansar bien, de tener la mente clara para poder pensar correctamente. No la estaba pasando bien. La exigencia que se imponía era alta. Mientras más se exigía más se equivocaba. Le costaba trabajo manejar la presión y se exigía a sí mismo la capacidad de manejarla, de brillar cuando aparecía.
Llevaba varias semanas con la cabeza en un montón de lugares. Pensaba todo el tiempo. Estaba tratando de encontrarse a sí mismo y no podía. Eso lo tenía desesperado. Había recurrido a la ayuda. A cambio sólo se encontraba con un montón de preguntas. La cabeza le daba vueltas todo el tiempo. Los cuestionamientos se multiplicaban por mil cada vez que le llegaban a la cabeza. Mientras más trataba de desordenarlos, más se le desordenaba el mundo.
Y ese mundo seguía girando. Él trataba de responder bien a cada instante. De que no se percibiera en absoluto que tenía la cabeza en ese montón de lugares que ni él mismo reconocía. Insistía en dormir bien, en no desvelarse tan seguido, pero su adicción al rocanrol le pesaba demasiado. A veces pasaba noches enteras escuchando discos. La misma canción una y otra vez. Cuando el tema le tocaba el alma, intentaba discernir cada palabra. Pensaba que las canciones querían decirle algo y no entendía qué.
Los sueños que tenía -cuando conseguía dormir- eran cada vez más extraños. La ayuda lo hacía sentir bien. Encontraba algunas respuestas, pero esas respuestas le generaban nuevas preguntas y esas preguntas querían ser respondidas en forma de imágenes que el inconsciente le fabricaba. Él no entendía nada.
Cada vez que iba a una tocada sentía que el cuerpo le volaba. La emoción que sentía después de retratar a los músicos muchas veces le generó pensamientos extraños. Lo estaba absorbiendo. Le costaba trabajo canalizarla. Muchas veces se fue a dormir con el corazón latiéndole con más intensidad de la habitual. En otras ocasiones pensó en tomar a la primer mujer que no estuviera acompañada de un hombre y expresar lo que sentía en forma de besos. Creía que eso podría darle la tranquilidad que estaba buscando. Al mismo tiempo temía que se le volviera una adicción, un vicio progresivo. Primero haría intensos los besos, después buscaría coger mientras su banda favorita tocaba. Fantaseaba con esa situación.
Había leído que el ejercicio le ayudaría a liberar un poco su cabeza. Pero no. Todos los días corría rigurosamente una hora. Muchas veces llegó tarde a su oficina por excederse en el ejercicio. Si cuerpo se estaba transformando. Para él no era suficiente. Más de una vez, debajo de las cobijas se gritó que tenía que esforzarse más, que necesitaba tener la mejor figura posible, que él podía y que lo iba a lograr. Lo que pareció liberarle de las tensiones cotidianas le generaba un nuevo estrés. No sabía cómo manejarlo.
Abierto, alegre, sociable, se estaba convirtiendo en un ser huraño. Le costaba trabajo expresarse. De un tiempo para acá se estaba guardando todo. Creía que no tenía caso compartir su locura. Las pocas veces que intentó expresarla se sintió incómodo. Decidió no volverlo a hacer. No le dolía, pero tampoco le generaba placer. A veces sólo le gustaba ver al vacío, perderse en sus propios pensamientos e imaginar que una nube de humo le rodeaba y le hacía invisible.
Cuando tenía que convivir con más gente pretendía fingir. Más de una vez le preguntaron si le pasó algo. Él negaba todo. No se iba a permitir que la imagen de triunfador que él se había encargado de construir se fuera al demonio. Si eso empezaba a desbaratarse, todo se iría abajo y tendría que mostrar la realidad que vivía y que ya no le gustaba, 

Siendo tuyo

Escrito desde hace un sueño

Te miré y estabas tan cerca
Cerca del clímax y de la vida
       Cerca y lejos de lo que buscaba

El alma se abrió y se abrieron sus ojos
Se abrió la boca y pude probar
Probé que estabas ahí 
Tan cerca de la vida y de lo que buscaba

Intenté tocarte y eras de hielo
Un hielo frágil, quebradizo, casi agua
       Y al mismo tiempo eras calor

Y fui tuyo por un instante 
La eternidad se hizo efímera en el clímax
Y sentí calor y sentí frío
Y sentí vida y sentí muerte

Mis labios rozaron tu vientre
Y tu vientre rozó mis ojos 

La vida no estaba en tu sonrisa
La muerte no estaba en tus manos
El amor no surcaba tus piernas
        El odio no se oía en tus palabras

Y me alejé
Decidí moverme al ver el vacío
El ser tan lleno de nada
La vida tan llena de muerte

jueves, 16 de julio de 2015

Me enseñaste

Hace un año que amanecí acá. En este valle, que a veces es de sonrisas y otras tantas de lágrimas. Desde hace un montón de años eras mi tierra prometida. Hoy, justo ahora, comprendo que en ti veo al águila devorando una serpiente sobre el nopal que los hijos de Aztlán buscaban cuando llegaron. Eres eso, una ciudad que ofrece la gloria a cambio del la lucha y el sufrimiento constantes. Esa gloria que está reservada en pequeños islotes sobre lagos de inestable suelo.
Venía buscando la gloria y no sé qué tan lejos estoy de cruzar los canales que llevan a ese islote mágico. Apenas estoy recorriendo el camino. Tratando de escalar tus cerros rocosos, hostiles, llenos de falsos atajos y de riachuelos que amenazan con hacerme caer hasta el fondo si me detengo a disfrutar del agua durante demasiado tiempo.
No te miento. Disfruto de mirar esas tentaciones temporales. De demostrarme a mí mismo qué tan capaz soy de contemplarlas sin que me destruyan al menor intento. No es tan fácil, reconozco, pero la imagen del águila devorando a la serpiente sobre el nopal me inspira a seguir escalando el cerro. Y ojo, la cima de la colina no es el fin. Es sólo el medio para descender hasta el valle. Ese valle que tiene sus propios obstáculos a ras de suelo y debajo de él. Ese valle que al final conduce al islote mágico.
Es complicado hacerlo solo. Pero es necesario. El Everest sólo se escala en grupos, pero muy pocos llegan a la cima. Una cima de la cual no es tan placentero viajar. Al final, cuando se está hasta arriba, bajar no representa mayor problema, mayor reto, que el de salvar la vida propia. Eso sólo ocurre cuando no recuerdas bien a lo que te enfrentaste cuando ibas escalando.
Pero no, insisto. Mi cima no es la que está en lo más alto, es la que está mucho más adelante de la que la geografía dicta. La que indica el triunfo del bien sobre el mal mientras se sufre. La que alimenta el espíritu para soportar el sufrimiento de ver sangrar las extremidades por lo inestable y espinoso que puede ser el suelo, que por instantes, se cree firme.
Me falta un montón para llegar a eso. Pero en el camino me enseñaste un montón de cosas. En el camino he visto salir a mis propias serpientes. He tenido que enfrentarlas. No miento. Me hirieron varias veces. Esas mordidas me intoxicaron un poco, pero no me mataron. Aquí sigo. Tuve que aprender a enfrentarlas. Entendí que son inmunes a su propio veneno y que darles algo para que se entretengan y dejen de joder sólo las hace atacar con más fuerza cuando el entretenimiento se acaba.
Insisto, no ha sido sencillo. Pero nunca había sido tan libre y al mismo tiempo, tan esclavo de mí mismo como ahora. Ha sido una especie de revolución. Cual guerrero azteca que aprender a fabricar mis propias armas para derrotar a esas serpientes. Los escudos nunca me gustaron, pero he comprendido cómo hacer algunos temporales que sirvan para protegerme mientras enfrento a todas esas serpientes que amenazan con devorarme al primer intento.
No tiene caso fingir. Al principio sólo traté de evadirlas. De seguir caminando y hacerme tonto para no verlas. Nada más alejado de la realidad. A las serpientes no se les puede hipnotizar eternamente, mucho menos ignorar. Lo único que se logra con eso es que se enfurezcan y preparen sus venenos más fuertes. Esos, que en circunstancias poco favorecedoras pueden mandar a cualquiera al piso y amenazar con no permitirle que se levante.
Pero, bah, no todo ha sido pelear con serpientes e imaginar la gloria abajo de la cima del cerro. La verdad disfruto mucho lo que llevo recorrido. Más allá de aprendizajes y demás, entender tu compleja naturaleza ha sido extraordinario. ¿Te confieso algo? No me canso de sorprenderme con cada cosa que encuentro en esta pendiente. No dejo de estar pendiente y de preguntarme con qué me vas a sorprender y con qué te voy a devolver la sorpresa.
Eres mágica y misteriosa. Algo así como el disco de Los Beatles. Ese que también habla de colinas y de tontos que se estancan pensando que lo de arriba -o lo de abajo- no vale la pena o que simplemente tienen miedo a salirse de lo que conocen. Reconozco que vengo de un sitio donde llegué a estar así, empantanado en aguas cálidas y mirando siempre cielos azules. Pero, ¿de qué servía? El agua pantanosa sólo trae consigo hongos, aunque al principio sea francamente placentero estar ahí adentro.
¿Sabes? Me encanta conocer entes que van por un camino parecido al mío. Que también están escalando el cerro tratando de llegar a la cima, para luego descender y encontrar esa águila devorando a la serpiente mientras se sostiene sobre el espinoso nopal.
Nunca pensé en enseñarte nada y sí en que me enseñaras. La complejidad de esa lucha del bien contra el mal en medio del sufrimiento me seduce sin que pueda hacer nada para defenderme. Me sedujo desde que vi los borradores de esa historia que hoy estoy escribiendo con base en lo que me haces sentir todos los días. Porque al final y aunque en ocasiones parezca que hay cierta calma, me sigues enseñando.

miércoles, 15 de julio de 2015

Hace un año / Recuerdo

Escrito con el cuerpo en la redacción y la cabeza en un montón de partes


Lo recuerdo. Fue hace un año y me parece como si hubiese sido hace mucho más tiempo. Recuerdo que estaba todo planeado. Sabía que pasaría desde hacía varias semanas. Sólo era cuestión de aplicar los últimos detalles y hacerlo. Hace un año dejé mi casa, parte del corazón y llevé dentro del alma un montón de sueños.
Recuerdo que estaba todo en la maleta. Era una maleta grande. No perdí demasiado tiempo en guardar la ropa. Tomé la que estaba en los estantes. Cogí un montón de camisas que tenía colgadas, las doblé y las metí. No había demasiada ciencia en eso. Después habría tiempo de meter los libros, los discos y todas esas cosas que formaron parte de mi cuarto.
La noche anterior me despedí de algunas personas especiales. El Profe que desde mis inicios como reportero local me respaldó. Lo recuerdo perfectamente. Siempre dispuesto a dar la entrevista -si era nota o no, ya era cosa mía. Una persona bastante agradable y franca. Sé que en esta profesión no es tan sano hacerse amigo de las fuentes, pero sabía que con él no había tanto problema. Caminé a las canchas de basquet de la Deportiva y le dije adiós. Volví a casa, hice la maleta y unos minutos más tarde estaba en esa tortería comiendo con uno de mis mejores amigos. Una de esas personas que habla poco y escucha mucho. Un cuate que acabó convirtiéndose en una especie de hermano mayor. Sin querer, se volvió costumbre que cada vez que regresé a Tabasco, había cita para cenar o almorzar en esa tortería. 
No se me olvida, tampoco, el café que me tomé con una de mis mejores amigas. Era temprano y era necesario. Nunca se me olvida todo lo que me dijo. Siempre tendré en la cabeza -y en el corazón- lo que nos dijimos a plena luz de la mañana. Creyó -y creo que sigue creyendo- en mí. Fue doloroso decirle adiós, pero sabía que más temprano que tarde la volvería a ver y sería increíble.
El siguiente párrafo te lo reservo a ti. Me he abstenido de hablar sobre esto en público. Pocas personas lo saben, pero ese día entendí que los besos también pueden dejar cicatrices profundas. Sabía que iba a separarme de ti. Que más allá de mi partida de Villahermosa, lo que algún día fue nuestro cada vez se hacía más tuyo y más mío. El partido tenía bastante rato en tiempos extras y esta vez no había posibilidad de decidir a algún ganador. Era necesario terminarlo. Lo reconozco, fue raro que se supiera exactamente en qué momento iba a pasar. 
Lo que no me esperaba -lo siento, sigo sin superarlo- es la forma. Suponía, sabía, ¡carajo! Estaba seguro de que iba a doler, pero quería irme con una sonrisa. Cada vez me cuestiono menos el porqué no pasó así. Algo me dice que fue sólo una prueba más de que algunas cosas no dependen sólo de uno. Esa, por ejemplo, es una. 
Me reservo gran parte de lo que pasó contigo ese día. No porque lo evada o porque tenga ganas de pensar que fue distinto, sino porque es demasiado personal. Lamento no poder decirlo. Llegaré hasta la parte en la que contuve el llanto. Los últimos minutos fueron como cuando sabes que vas perdiendo 4-0, que el partido se está acabando y que vas a irte al descenso -en este caso, a otro sitio. Fue muy complicado decir, "no, aguanta tantito, todavía no se vale llorar", pero lo logré. Al final, la carta que te escribí y que empezaste a leer generó demasiadas lágrimas. Sabes lo importante que fuiste y no podía reaccionar de otra manera. Al cierre, sólo el beso. Largo, profundo, hermoso y al mismo tiempo muy doloroso. Fue el último. Ahora lo pienso. No fue el final que quería para la historia, pero al menos hubo algo que rescatar.
No se me olvida, recuerdo perfectamente haber subido al auto en medio de lágrimas. Hoy -más que otros días- te agradezco a ti, papá, por haberme recordado que si dejaba eso era por mis sueños. Me preguntaste si estaba dispuesto a hacerlo y soy honesto, nunca tuve dudas, pero el dolor en ese momento era una cosa espantosa. Sentir que se te arranca un pedazo de carne con esencia de alma -qué frase tan redundante- es algo que nunca me gustaría volver a pasar. Al mismo tiempo reconozco que me hizo fuerte.
Después, el viaje. ¿Para qué hacerse tonto? Fue el más largo de mi vida. Mucho más que el de 20 horas a Guadalajara en 2005 o el de 22 a DF en 2010. Conforme avanzaba sobre la carretera notaba que estaba dejando una parte de mí, pero que era lo mejor. No one's gonna love You more, than I do, canta la Band of Horses y cantaba mi cabeza, mi alma y mi corazón, mientras los ojos soltaban algunas lágrimas que caían en la ventana. Iba con los lentes oscuros. No tolero que se me vea llorar en esos instantes. Simplemente no soporto mostrar esa parte. 
Normalmente charlo mucho en los viajes. En ese, largo y reflexivo, no pude hacerlo. Recuerdo haber hablado muy poco. No tenía cabeza ni voz para hacerlo. No era el momento. No sé cómo serán los viajes para encontrar otro hogar, pero para mí fue así. Fue ver un montón de atardeceres con la única certeza de que al día siguiente volvería a amanecer. De que se estaba acabando una etapa que duró 20 años. Dos décadas, ¡carajo! Y estaba -al mismo tiempo- empezando otra que espero dure cuando menos unos 30 años. El intermedio nunca se menciona en las películas. La única que recuerdo que lo tocó -y de manera francamente tonta- fue El Rey León. Ahora entiendo la razón. Hay poco que contar sobre los intermedios. Simplemente es un puente con un montón de luces que marca el fin de una era y el inicio de otra. 
Continuará...

domingo, 12 de julio de 2015

De futbol, música y apuestas

Escrito desde una redacción

Sábado. 10:45 de la noche. Subo al microbús que me acercará a casa. Estoy desvelado. La noche anterior dormí como seis horas y vengo de un día que parecía no tener fin. Nada fuera de lo normal. Me doy permiso de sentarme hasta adelante para estirar las piernas. No es tan cómodo usar algunos camiones cuando se rebasa el 1.82 de estatura. 
Me voy quedando dormido. Planeo sacar los audífonos para evadirme un poco de la realidad que se manifiesta en ese instante. Parada en la base de Universidad y Miguel Ángel de Quevedo. Dos tipos amagan con subirse y antes le dicen al chofer, "otra vuelta más" y ríen. Por alguna razón no tengo miedo. En esa zona no suele haber asaltos. 
Uno se coloca en la parte posterior de la unidad, el otro casi hasta adelante mientras sostiene un libro con su mano derecha. Entonces anuncia, "señores pasajeros, disculpen la molestia, perdí una apuesta del México contra Cuba y le debo 200 pesos a mi amigo, no tengo dinero y por eso tengo que subirme a cantarles la única canción que me sé. Es muy conocida, si se la saben, ayúdenme a cantarla".
En automático casi todos -salvo quienes sí traen audífonos puestos- comenzamos a reír. La lírica del clásico ranchero mexicano No Volveré, suena a capela en la unidad. Más de uno comienza a seguirlo mientras se aguanta la risa. "No grabes wey, no mames", pide a su amigo, mientras ríe. Los demás tomamos el incidente con gracia y lo seguimos "ayudando".
Suben más pasajeros. Interrumpe brevemente su cantar para explicarles de qué se trata todo. El camión se transforma en una especie de karaoke rodante. Seguro más de algún peatón o conductor vecino cree que la mayoría vamos ebrios.
Al terminar la canción, nos pide ayuda. "Sólo me faltan 90 pesos, si alguien quiere dármelos me va a ayudar mucho para no tener que subirme a otros camiones", afirma el perdedor de la apuesta. 
Le doy un peso -no alcanza para más- y le pregunto: ¿Cuánto apostaste que iba a ganar México?. Él responde "ese es el problema, aposté que ganaba Cuba" y riéndome le replico, "no mames, estás cabrón". Los pasajeros que lo notan se ríen. 
Ambos amigos bajan de la unidad mientras le dicen al chofer, "ya sólo nos faltan dos vueltas". El resto de los pasajeros continuamos riendo incrédulos. 

lunes, 8 de junio de 2015

Los límites de la libertad en el futbol

¿A qué juega la Selección Mexicana? ¿A qué juega su entrenador? ¿A qué juega uno de sus máximos referentes? El 7 de junio, día de elecciones en México, Día de la Libertad de Expresión. Dos de las caras más conocidas del Tricolor -el equipo, no el partido- ejercen su libertad de expresión y violan un reglamento.

Mucho se habló en meses pasados de la "distracción" que el Brasil contra México supondría para los votantes. El uniforme verde, tan tradicional en el equipo nacional fue reemplazado por uno negro y otro blanco, para "evitar la promoción a un partido político". A los medios se les pidió no hacer referencia a ese color por la misma situación.

Del "Ponte la Verde" pasamos al "Piojo Méteme". Y Miguel Herrera la metió. Metió un golazo fuera de la cancha. Él y Oribe Peralta promocionan a placer -o a interés económico, vaya usted a saber- al Partido Verde Ecologista de México. Los reglamentos de la Federación Mexicana de Futbol, así como de la propia y maltrecha FIFA prohíben que esto ocurra. Pero vivimos en México.

Es Día de la Libertad de Expresión y de vivir la "fiesta democrática". ¿Hasta dónde tienen facultades los reglamentos que rigen el futbol a nivel nacional e internacional? ¿Hasta dónde se vale pasárselos por el arco del triunfo en pos de dinero extra por invitar a la gente a votar por "x" o "y" partido?

Es más, ¿sabrán Miguel y Oribe que están violando un Código de Ética? Y si lo saben, ¿será más negocio para ellos? Veámoslo así: la Federación los multa, pero el Partido Verde ya les pagó, con lo que recibieron, cumplen su castigo y se quedan con el "cambio".

Hace unos días terminaron las campañas políticas. Pero en internet -afortunada o desafortunadamente- los tiempos y las reglas son otros. A cambio de dinero -o de satisfacción propia- se vale seguir haciendo campaña a favor de quien sea. La libertad de expresión se vende, mientras el voto se compra.

¿A qué juega la Selección Mexicana? ¿A qué juegan su entrenador y uno de sus referentes? ¿A satisfacer al "patrón"? Miguel Herrera -de nuevo- cae en incoherencias. Habría que recordar que es un taurino empedernido. Hoy invita a votar por un partido que atenta contra su propia afición. ¿Lo sabrá? ¿Estará dispuesto a dejar la Fiesta Brava por divertirse en nombre de la democracia?

Al final, las propuestas y protestas que pedían cambiar de fecha el juego de la Selección para "favorecer el voto" quedaron como una burla. Una burla porque si lo que se pretendía era no favorecer a nadie, ese "nadie" demostró que con dinero se logra mucho, o al menos, se intenta.

¡Viva México!

sábado, 23 de mayo de 2015

Uno se exilia

Escrito desde la habitación que empieza a ser


Uno se exilia. Se empieza a olvidar de todo. Se empieza a construir una nueva realidad. Una realidad que en teoría es de cero. Que en teoría es una hoja en blanco, como la de este blog, lista para ser llenada. Las letras que la llenarán son como esas imágenes que uno construye mientras todavía no se exilia. Pero en esa realidad, cada vez más lejana, cada vez más ficticia, uno se está exiliando.

Uno se exilia para dejar de ser y para volver a ser. Pero, ¿cómo dejar de ser lo que no se sabe que se es? ¿Con qué pregunta se inicia la búsqueda del ser? La cuestión es esa, buscarse lejos del mundo conocido, para, en lo desconocido, descubrirse, encontrarse.

El exilio es consecuencia directa del miedo y al mismo tiempo genera temor. El exilio es un ácido que acaba haciendo más grande el agujero formado por la vida en otra realidad. En la realidad que busca dejar atrás el exilio mismo. 

Es pensar que dejando atrás las calles, los amaneceres, la vida como era concebida -para bien o para mal- uno va a encontrarse. Existe el temor de que eso que uno se encuentre no sea de su agrado. No sea lo que imaginó que se encontraría. No sea el ser que se planteó ser desde que la conciencia misma comenzó a existir, desde que esa guía innata y leal -como la describen Las Pastillas del Abuelo- deje ver cosas desagradables, cosas decepcionantes. Y uno se exilia.

El exilio es como esa portada del libro de los niños sosteniendo el mismo libro con ellos adentro. Es un laberinto con salida clara. La salida misma que el exilio tenía por objeto de búsqueda. Se trata de escapar de un mundo, para entrar en otro y en el de uno mismo al mismo tiempo.

Genera miedo y es consecuencia del miedo. Del miedo a fracasar por no haberse movido. Del miedo a pensar en lo que pudo ser. Irónicamente, ese pudo ser también es lo que se dejó al momento de exiliarse, de decir adiós a lo más conocido para empezar a descubrir algo que se veía sólo superficialmente y que ahora se empieza a disfrutar -y a sufrir- en sus entrañas, en su risa y en su llanto, en su dicha y en su pesar.

En el exilio uno se enfrenta a uno mismo. Es una guerra constante, porque la guerra no se da cuando todo estaba perfectamente, sino cuando había grietas que amenazaban con romper de tajo el ser. Ese ser que al final del día acabará rompiendo el exilio. Será una ruptura mucho más profunda. Una ruptura producto de una guerra que comenzó por una herida en uno y que termina en esa misma herida, que se hace profunda y se tiene que sanar desde su propia esencia de herida, para dejar de doler. El exilio es una guerra donde el ganador es quien se exilia y en la que no hay perdedor, salvo que el ser decida volver a ser lo que era antes del exilio.

Es uno de los actos valientes más cobardes y uno de los cobardes más valientes. Es correr. Es ir mientras se va viniendo. Es gritar en forma silenciosa. Es curarse mientras la piel arde, es quemarse con hielo. Es el suicidio que no derrama sangre. Es la operación a corazón abierto sin riesgo de muerte, salvo que el médico -que es uno mismo- decida detenerla justo cuando la anestesia empieza a hacer efecto y el ser comienza a dormirse para despertar siendo uno nuevo.

El exilio -como bien lo dice una obra de teatro de omitido nombre- es ese lapso en el que uno no entiende de qué se trata el nuevo amanecer y cuando uno vuelve al amanecer que solía ser conocido, cada vez lo siente más ajeno. Es el lapso de no soy de aquí, ni de allá, o del soy de aquí y de allá al mismo tiempo. Soy frío y calor al instante. Soy alegría y dolor constante.

Se trata de despedirse de uno mismo para encontrarse con otro, al que se llamará también, uno mismo. Es ese viaje que se hace en una carretera sin asfalto, ni grava, ni concreto, sino sobre espinas que a veces perforan para advertir el sendero equivocado y otras lo sanan para recompensar el esfuerzo bien logrado. Es la búsqueda sin fin de uno mismo. Una pubertad decidida -como bien me dijiste alguna vez. Porque como la adolescencia, cuando uno empieza a entenderla, es porque justo está a punto de superarla. Eso es el exilio. Eso es cuando uno se exilia. 

lunes, 13 de abril de 2015

Mi relación con Eduardo Galeano

Escrito desde una redacción

Lo admito. Me enteré de su muerte algo tarde. Cuatro o cinco horas después de que se hizo viral. Así suele ser conmigo. Me gusta desconectarme del mundo, mientras no tenga la necesidad de estar enchufado. Por salud mental. La verdad es que tengo vida y me gusta respetar mis tiempos. Mi situación económica tampoco da para estar viendo el twitter a cada rato en el celular. 
Por él y por Benedetti me empecé a hacer fan de lo uruguayo. De La Vela Puerca, de No Te Va Gustar y del Cuarteto de Nos. De las líricas ricas y llenas de contenido. Del fondo y no sólo de la forma. Porque eso sí, las formas que Eduardo y Mario mostraban eran sublimes, bárbaras, eran líricos y románticos, como buenos escritores y como buenos latinoamericanos hijos del exilio.
Supe de Eduardo cuando la adolescencia -más bien la pubertad- me invadía. Gracias a la Futbol Total, la revista que en ese entonces era LA referencia junto con Soccermanía para quienes no teníamos acceso a lo europeo. En sus páginas relataban algunas frases del charrúa, que paradójicamente, carecía de garra y en lugar de eso soltaba pinceladas de sabiduría. 
Entendí que el futbol era un asunto para intelectuales y que quería formar parte de él. Como lo comenté muchas veces, a los 12-13 años confirmas que no sirves para patear la pelota, pero sí para leerla, analizarla y expresarla. Pasó mucho tiempo y aunque no lo leía -no tenía dinero "propio" y sus libros no llegaban a Villahermosa- seguía admirándole por las tres o cuatro frases que permeraron en mi cabeza.
Hasta pasada la mayoría de edad pude conocerle más a fondo. 2010, si la memoria no me falla. En una de tantas visitas a la ciudad que me enamoraba y que hoy me tiene conquistado compré lo que para muchos -incluyéndome- es la biblia del futbol. El futbol a sol y sombra me hipnotizó y no tardé más de cuatro o cinco días en terminarlo. Gracias a ese texto y a Dios es Redondo -de Juan Villoro- acabé de apasionarme por la pelota.
Galeano y su lírica rica me ayudaron a entender lo que ya amaba y sigo amando. Galeano y sus textos me terminaron de convencer de que el futbol no es un asunto de vida o muerte, sino algo mucho más profundo, como diría el otro gran fallecido, Bill Shankly, legendario entrenador de un Liverpool al que no he visto, pero del que me hice fanático a través de los relatos que algunas revistas me dejaron disfrutar. 
Más adelante lo vi en uno de los videos de No Te Va Gustar. Le cantaba a la violencia hacia la mujer. El tema, de por sí intenso, se hacía aún más sublime con la presencia del crack de las letras. Luego me enteré de que él había ejercido esa violencia y digamos que lo humanicé. De ser el ídolo de la literatura futbolera pasó a ser el humano hijo de la contradicción, como diría Miguel Ríos. 
En el intermedio, fui leyendo algunas declaraciones que daba y que lo hacían ver como un intelectual zurdo. ¿Qué más podía pedirle a uno de mis escritores favoritos? Intelecual, futbolero y ¡zurdo! Él también me hizo entender a la sociedad y el porqué de la pobreza en el maldito capitalismo. No sé si Mujica lo leyó, pero pertenecen a la misma corriente. 
No le juzgo, a Eduardo no le juzgo. Prefiero quedarme con aquellos textos en los que proclamaba el fin de la "dictadura" de Fidel Castro en Cuba con su muerte antes de cada Mundial. Prefiero quedarme con el tipo que me hizo enamorarme aún más de lo que amé desde los 9-10 años. Larga vida a Eduardo. Larga vida. Ojalá, ojalá que pronto surjan más intelectuales futboleros como él. No por mí, sino por los más jóvenes que aún quieren enamorarse del futbol.

miércoles, 25 de marzo de 2015

El orgasmo del futbol

El gol es el orgasmo del futbol 
Eduardo Galeano

Siempre he creído en el futbol como un medio para entender la vida. Desde que empecé a entender el futbol. Desde que empecé a entender la vida. Cada vez que parece que lo olvido, el futbol me lo recuerda. Lo que sucedió esta mañana no hace sino reafirmar que a veces lo que parece una necedad termina convirtiéndose en una razón más para sonreír.
El balón y yo nunca nos hemos llevado del todo bien. No aprendí a hacerlo mi amigo, sino el eterno causante de muchas de mis alegrías y desgracias. Algo así como un amor apache. Esto se debe -básicamente- a dos problemas. Como diría Roberto Fontanarrosa uno es mi pierna derecha y el otro mi pierna izquierda. Pero como buen necio nunca me ha importado demasiado. Así lo entendí desde que empecé a jugar. Desde que decidí que jamás iba a hacerlo a un nivel "aceptable".
Y el balón es sabio. La mañana del miércoles me trasladé a la cancha de futbol 5 para disputar un partido amistoso. El porqué del juego lo verán publicado en la que desde hace unas semanas es mi casa, juanfutbol. Hacía un par de semanas que no jugaba. Desde que me expulsaron por mentarle la madre un árbitro. Todavía me faltan cuatro partidos de castigo, así es que el amistoso era algo así como un premio de consolación.
Llegué ya con los shorts puestos y me puse a pelotear. Nada fuera de lo común, excepto que hacía mucho tiempo que no jugaba de día. Después de los saludos y el cotorreo se armaron los equipos. Como de costumbre, fui elegido para ir a la banca. Ingresaría en cuanto algún jugador se cansara. No me importó. Realmente no me importaba mucho el partido, sólo quería participar un rato. 
Y así fue. Al poco tiempo ingresé como defensa. Nunca me he sentido cómodo en esa posición, pero gracias a las instrucciones del arquero más o menos me acomodé y no padecí tanto como yo mismo esperaba. El "primer tiempo" lo terminé jugando de portero. Por fortuna mi equipo entendió que no era garantía y no permitió que dispararan una sola vez a mi arco.
Lo bueno empezó en el "segundo tiempo". Bueno, más bien, como a la mitad del segundo tiempo. Entré después de un rato sentado. Me pidieron que lo hiciera de delantero y lo hice. Me acomodé mejor que otras veces y -en parte por mi falta de capacidad- siempre terminaba solo, en posición franca para recibir un pase de gol. 
Hasta el tercer contragolpe recibí el pase que llevaba varios partidos esperando. Solo, con el arco a merced. Sólo hubo un pequeño detalle, el balón venía botando y tenía que pegarle con la zurda. No me importó, me tuve confianza y disparé. Sabía que por la posición tenía que cruzar el tiro. Con eso sería más complicado para el portero y había más chances de acertar. Insisto, el balón me venía botando y a la zurda. Ni siquiera me acomodé. Le pegué como venía y bueno, fue a dar al lugar más complicado e impensado: la escuadra. Sí, ese disparo que en condiciones normales habría terminado en gol, acabó en la escuadra y el portero tomó el rebote.
Acto seguido me puse las manos en la cara. No podía creer lo que había pasado. El balón que llevaba semanas esperando. En buena posición, ¡sin portero! Y la imagen de la escuadra en mi cabeza. Nunca he metido un gol con la zurda y la malaria no terminaba. Obviamente llegaron reclamos de mis compañeros y burlas de los rivales. No había -pese a que lo intenté- modo de justificarlo.
Minutos después una jugada idéntica. Sólo que la pelota venía a ras de piso. El portero estaba mucho más vencido que en la anterior ocasión. Inconscientemente no miré el arco. No me interesaba. Inconscientemente tampoco le pegué con la zurda, le di con la derecha. Inconscientemente fallé el gol de mi vida. La imagen no es muy clara, sólo recuerdo el sonido del balón pegando en el muro de madera, las burlas y los reclamos. No tuve nada que decir, bueno, una grotesca comparación con el tristemente célebre Santiago Fernández.
Poco tiempo después me senté en la banca. Me puse las manos en la cara y seguí escuchando reclamos y burlas. Realmente me sentía como basura. Estaba muy molesto conmigo mismo. ¿Cómo carajos pides una oportunidad si fallas dos pases solo frente a la portería? ¿Qué pretendes? ¿Por qué haces todo sin pensarlo demasiado?
Un cambio de equipo después -con gol en el arco que defendía por no cubrir bien el primer poste- y parecía que el partido no sería diferente a los demás. Entré a la cancha sin demasiado ánimo, tratando de no cometer más errores. Pretendiendo cerrar el juego de la forma más decente posible.
Pero entonces sucedió lo que llevaba aún más tiempo esperando. El pase que de verdad quería. Contragolpe por izquierda. Corrí hacia la derecha y de nuevo quedé solo frente al arco. Mi compañero vio donde estaba. Ante la salida del portero me pasó el balón. No había nada que perder. Literalmente. Si la fallaba, sería otro gol más que no marcaba. Así es que aprovechando que tenía que darle de derecha para cruzarla, lo hice. No la crucé, pero agarré el balón como quería y lo metí por el centro del arco.
¡A huevo putos, a huevo! grité. Me levanté la playera y me la puse en la cabeza al más puro estilo Fantasma Figueroa. Corrí hacia la media cancha y me saqué de encima el estrés. No recuerdo el último gol que había marcado en un partido amistoso. Seguramente lo hice en la cuadra o peor aún, en la secundaria. El placer de haber marcado fue. es y sigue siendo único.
Luego lo reflexioné y entendí que era otra lección que el futbol me estaba dando. Da igual cuantas veces falles. Da igual cuanta frustración haya en el momento. No importa cuántos reclamos recibas. Cuántas veces pienses que mucho caso no tiene seguir en lo mismo. Cuántas lágrimas llores. Al final, ese acierto, esa sonrisa, esa felicitación, suple todo lo que en algún momento pareció malo. 
No hay mucho más que pensar. El punto es no ceder. Fallar tantas veces como sea posible sólo te acerca más al acierto. Es un lugar común, pero es tan sencillo olvidarlo y quedarse en el vacío que uno mismo genera, en el del conformismo. El futbol tiene esa magia. Esa capacidad. Por algo el balón es esférico.