Crócknicas Arácknidas. De la vivencia al relato.

jueves, 24 de abril de 2014

Del sufrimiento a la alegría

Hay noches que no se olvidan, que no quedan en el más allá, que no son simplemente juegos en donde sale la luna en perjuicio del sol, noches mágicas pues. La del miércoles pasado lo fue, aunque como casi todas estuvo llena de cierto sufrimiento.

Escrito con el cuerpo frente a mi ventana y la cabeza y el alma en la redacción de un diario.

Eran las seis y media de la tarde y desde hacía más o menos una hora mis manos ya estaban sudando y el corazón latía con más fuerza de lo normal. Ya había dejado casi todos los pendientes listos y por primera vez en muchos miércoles no estaba discutiendo con ella. Sin embargo, no me daba la gana sentir que iba a ser diferente. Vaya, llevo 14 años sintiendo que va a ser diferente y sólo el Kikín Fonseca había hecho que fuese diferente.
Dejé el 90 por ciento de la edición terminada, bueno, faltaba la revisión de lo que ya estaba lista y terminé de bajar las últimas fotografías que había que dejar para el día siguiente y así me dieron las siete. Por fortuna, nadie estaba distrayéndome y ya comenzaba a vivir mi propio ritual.
Encendí la televisión y ya estaba el canal que pretendía ver. Entonces me olvidé de todo -excepto de que no estaba en casa y no podía gritar ni levantar la voz por muy emocionado que estuviera- y decidí que el ritual iba a empezar.
Minutos más, minutos menos y el árbitro pitó. Entonces comenzó mi propio partido. Mis manos juntas, mi corazón latiendo a todo lo que daba y mi boca mentando madres en voz tan baja que hasta yo estaba sorprendido.
¡Puta madre! ¡Defiendan bien, chingada madre! ¡Apriétalo carajo! ¡Enfréntalo! ¡Vas de frente idiota! ¡Qué no se dé la vuelta! ¡No, no mames! ¡Mierda, ya tiró! ¡Aaaaaay Corona qué pinche susto! Fueron las primeras palabras que medio dije, y digo medio porque decir no es sólo mover los labios, decir es expresar bien lo que uno quiere y yo francamente estaba susurrando porque evidentemente si levantaba la voz me iba a ganar al menos una buena llamada de atención y no me daba la gana ser interrumpido, así es que continué susurrándole a la pantalla queriendo gritarle a todo pulmón.
¡Venga! ¡Tócale wey! ¡No le cantes tanto el pinche pase carajo, ay que sorprender! ¡Gira! ¡Gira! ¡Tira cabrón! ¡Puta madre, si le vuelves a pegar así te voy a romper tu puta madre cabrón! ¡Venga, venga, a gol wey, a gol! ¡Uuuuuuh! ¡Vete al carajo Talavera, vete al carajo!
Mis porras susurradas continuaron y yo me quería comer a todos los del Toluca para que por fin cayera el gol. Por ahí escuchaba algún lo está sufriendo, pobre y sí, lo admito, me ganó un tanto la risa por la vergüenza, aunque pasados dos o tres minutos y después de autochorear a mi mente volví a lo mío.
Y sucedió cuando los nervios se me estaban pasando... Pase para Fabián -no sé de quien fue, pero yo le puse en la nota que fue Gerardo Flores- sonreí y supe que era LA CHANCE, quise gritar gol con el toque de Marco, pero Pavone, ese que me he dedicado a criticar hasta el cansancio chocó la pelota y entonces sí, bueno, no grité gol, lo susurré como el resto de las jugadas y comencé a manotear con las manos provocando la reacción inmediata del resto de la redacción, aunque a ciencia cierta no hice demasiado caso.
Era EL MOMENTO y no podía parar de sonreír. Los últimos minutos la pasé bastante mal, pidiendo, exigiendo que el árbitro ya pitara.
Después de eso pude respirar, el medio tiempo y algo de distracción para no saturar la mente demasiado y de volada a escribir dos párrafos e ir adelantando la nota porque no quería saturarme al final fuese cual fuese el resultado.
El celular no dejaba de vibrar y yo ya estaba desesperado porque no podía hacerle mucho caso a los primeros cinco minutos del segundo tiempo, quería que todos me dejaran en paz. Entró Édgar Benítez y sólo pude ponerme las manos a la cara y pensar, "esto ya valió madres" y sí, estaba valiendo madres cuando metió el gol. No lo niego, estaba muerto de miedo, recordando tantas y tantas finales en las que Cruz Azul había perdido de esa manera. Los nervios empezaron a subir de intensidad, aunque increíblemente no estaba perdiendo el control.
Pasaron y pasaron los minutos y sucedieron dos cosas que me marcaron. El ingreso de Horacio Cervantes me puso loco. ¿Cómo se le ocurre a este idiota meterlo? ¿No se acuerda de lo que hizo el viernes pasado? ¡Qué animal eres Tena! ¡Ojalá te salga, si no todos te vamos a matar! Y bueno, Cervantes me tapó la boca ayudando a hacer tiempo y a matar el juego y Perea por poco me la vuelve a abrir con ese desvío. Lo reconozco, a la nota le puse que el tiro fue de Benítez, aunque claramente en la narración se mencionó que fue Ponce, no pregunten porqué lo hice, pero lo hice. Perea desvió la pelota y yo me quería morir. No voy a parar de agradecerle a Velázquez el fallo que tuvo en el contrarremate, deberían contratarlo en lugar de Pavone, aunque Pavone haya dado el título.
Entonces Marco Rodríguez pitó el final y de inmediato me levanté de mi silla y levanté los brazos, festejé frente a la pantalla y recuerdo poco, pensé que me iba a desmayar, tenía los brazos con un hormigueo rarísimo y no quería decirlo, pero en alguna parte leí que era algo relacionado con los infartos y acá lo confieso, no me arrepentiría de haber muerto de esa manera, fue simplemente extraordinario.
¡A huevo, a huevo chingao! ¡Por fin campeones!
Un par de minutos después y de vuelta al trabajo. Con los brazos hormigueados y una sensación de mareo espectacular me puse a escribir el resto de la nota. No tuve que pensarle mucho para poner titular y para buscar las fotos. Luego vino el regaño del diseñador por no haber cerrado lo demás y la tranquilidad que de a poco regresaba.
Sí, hubo sufrimiento, pero esta vez el final fue bastante feliz.

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