Crócknicas Arácknidas. De la vivencia al relato.

miércoles, 25 de enero de 2012

Ser pambolero

Es saber que la pelota es más fiel que un perro, más noble que un hermano y más perfecta que una mujer. Ser pambolero es estar cerca de un balón y sentir la misma ansiedad por patearla que sentías cuando eras niño. Es reírte una y otra vez de los errores que cometes con ella sabiendo que mientras no le falte el aire podrás seguir intentándolo una y otra vez y jamás, jamás te reprochará nada. La vida es como una pelota de futbol, está llena de aire, se le puede salir un poco y tener arreglo una y otra vez, pero cuando el aire la abandona no hay vuelta atrás y la resignación es lo único que tiene cabida.
Ser pambolero es amar el estadio, el olor del pasto húmedo y recién cortado. Es corear sin darte cuenta esos himnos compuestos en una tribuna con unos tambores y la voz desafinada de alguien que ama aunque no sean del equipo al cual le regalas tu atención, tu cariño y tu vida.
Es haber aprendido que un amigo es aquel que no te odiará por haber permitido un gol de último minuto ni por haberlo fallado en la definición del campeonato. Comprender que dicha amistad ha sido demostrada una y mil veces con la devolución de aquella pared, con el abrazo cuando el balón ha besado las redes, con la paliza al rival cuando osa rebasar los límites de la lealtad.
Amar el show donde un montón de personas patean un objeto redondo es un hecho que se demuestra cada vez que termina un partido y la esperanza porque el siguiente sea mejor permanece intacta. Es soñar cada noche con que la escuadra que te dotó con un poco de identidad sale campeona goleando y humillando en las condiciones más adversas al más adverso rival.
Ser pambolero es inventarse rituales y cábalas propias, la televisión al mismo volumen, la playera lejos durante el show, el mismo cojín del mismo sillón, el mismo tono para cantar los goles, el mismo recuerdo de los ídolos en su mejor momento.
Es algo incomprensible para quien no practica esta religión sin dioses pero con muchas, muchísimas leyendas, es la sonrisa eterna cuando el gol ha caído del lado correcto y el llanto y el reclamo cuando la pelota ha besado las redes equivocadas.
Paradójicamente, a la mujer se le odia cuando después de hacer el amor se queda dormida en la cabaña ajena y a la pelota se le ama cuando esto sucede, es uno mismo quien lucha durante 90 minutos para disfrutar esa pasión tantas veces como sea posible, en cambio cuando la mujer hace el amor y termina durmiendo en tu cabaña te sientes el tipo más dichoso del mundo, pero pobre de la pelota si termina haciendo lo mismo en tu arco, entonces la decepción dura hasta que hace lo mismo en la portería de enfrente.
Ser futbolero, pambolero, balompedrero o como sea que deba llamársele es algo con fecha de inicio pero que carece de fecha de caducidad y que no conoce de tiempos ni de espacios.

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