Crócknicas Arácknidas. De la vivencia al relato.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Crónica de un grito de angustia

La Miguel Hidalgo grita, pero no está celebrando nada, está gritando su dolor, está gritando su angustia y está gritando su impotencia, a los habitantes de esta colonia a las afueras de la ciudad de Villahermosa los lastima esta situación que por cuarto año consecutivo los tiene al borde o ya inundados.

El río ya ha entrado a las casas, pero no es un invitado más, no ha tocado ninguna clase de puerta, ha entrado como un invasor, por la fuerza, a la mala y sin ninguna clase de piedad, su corriente se siente con intensidad en los muros de las casas de concreto, y en las casas de lámina, de cartón, esas que son de la gente menos afortunada, no se siente, no se siente porque estos materiales han sido arrancados del suelo por el agua, han dejado semidesnudos a los habitantes.

Unos ya se fueron de sus casas, otros permanecen impotentes en las terrazas, como Don Juan, quien relata que ya está acostumbrado a esta tragedia, que sabe que cada año la pasarán mal en la morada de concreto, y que su familia no la abandonará de manera permanente a menos que el gobierno (dice no importarle de donde sea) le proporcione un espacio digno para sus 10 integrantes.

Sus pies lucen blancos en la zona del empeine producto de los hongos que el agua sucia inevitablemente porta, también está acostumbrado a eso, unas pastillas con antimicótico controlarán la infección hasta que el agua baje, los 20 centímetros que alcanzan sus tobillos le hacen saber que aún es posible permanecer en su silla, además los rondines de soldados y policías no le sirven de mucho puesto que sólo son en la noche y en el día es cuando más robos hay.

Del otro lado de la terraza un perro le sirve de compañía, mete el hocico al agua “buscando la sardina” pero sus esfuerzos son más inútiles que los costales que casas atrás se colocaron para intentar que el agua no entrara.

La casa azul también está inundada, dos pisos son testigos de la esperanza que los moradores mantienen para resguardar sus pertenencias, en las ventanas se ven sillas y mesas, y en la mirada de los niños tristeza y resignación.

Ellos juguetean en el lugar de la tragedia como tratando de acostumbrarse al cuatro veces repetido hecho, unos lo hacen con un triciclo, otros simplemente meten las manos y tratan de empujar el agua, su inocencia los delata, no piden comida, piden alguien con quien jugar, el adulto mayor que los cuida permite que se les tomen fotografías para no olvidar su situación, ¿dónde jugarán los niños? Se pregunta en sus adentros.

¿Dónde estudiarán? Me pregunto yo mientras se observa un jardín de niños totalmente anegado por el de antaño tranquilo Río Carrizal, un mural que intenta alegrar a los críos queda invisible hasta la mitad, ahí se observan las figuras del Ratón Miguelito y de Blanca Nieves.

El ratón ha decidido refugiarse en su madriguera y Blanca Nieves no puede contener las lágrimas mientras mira su vestido enlodado, si los niños trataran siquiera de entrar al centro educativo quedarían cubiertos hasta su cabeza, por eso es tan peligroso que asistan a clases a dicho centro educativo.

Al lado de la escuela está el Centro de Salud, que evidentemente es todo menos saludable, el agua ha rebasado el metro de altura en sus consultorios, los únicos seres que podrían curarse ahí son los lagartos para quienes el Carrizal dejó de ser un hogar acogedor, nadie aparece por ahí pasadas las 8 de la noche por miedo a terminar haciendo cinturones con los descendientes del Jurasic Park.

Así lo relata la señora María, quien mira a sus vástagos nadar y montar un triciclo en el agua estancada que hace días invadió su hogar. “Ya no vivimos aquí, sólo vengo en el día a lavar mi ropa y a preparar mis alimentos, ahora estamos cerca del Periférico donde no se inunda”.

A pesar de esta situación los niños siguen yendo a la escuela, apenas hablan, pero sus miradas no mienten y dejan ver que el dolor habita en ellos, seguramente cuando crezcan tendrán ese argumento para llamar la atención y hacer reflexionar a sus descendientes.

Dos empleados del Gobierno Federal miden con una varilla de fierro el alcance del agua en una de esas viviendas que hace tiempo fueron abandonadas, al percatarse de la presencia de estudiantes armados con celular en mano se ponen nerviosos ante lo cual no queda más remedio que caminar con más velocidad, al paso del tiempo suben a su camioneta y señalan con el dedo a los responsables de su descubrimiento.

Y así sigue la Miguel Hidalgo, gritando, sin una sola campana de por medio, conmemorando la tragedia que año con año viven y seguirán viviendo mientras no suceda uno de esos milagros que no tocan a Villahermosa desde hace mucho tiempo, así siguen sus habitantes con semblante caído e impotencia elevada, y así aprovecha la prensa para hacer olvidar cualquier vestigio de corrupción en la nación.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Soy un irreverente ¿y?

Soy un tipo artante
me escuchas hablar
máquina parlante
que no puede callar

Soy un tipo ingenioso
gallardo y ventajoso
cabrón y aprovechado
así me has aguantado

Soy un tipo desastroso
infame y orgulloso
criticón y desafiado
mamón mal educado

Soy un tipo loco
lo acepto a ratos
y de a poco
charlando con los gatos

Soy un tipo irreverente
gritón desobediente
pero jamás he sido ni seré
un hombre mal viviente

Soy un tipo irreverente y no me importa
no me vas a censurar
ni me vas a liquidar
porque entiendo que la vida es corta