Crócknicas Arácknidas. De la vivencia al relato.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Asumir

Asumir sin autoflagelarse
Sin romperse la piel
Sin carcomerse la mente

Asumir sin ser suicida
Sin golpearse para sentir dolor
Sin rasgarse para probar la sangre

Asumir sin sufrir
Sin llenarse de lágrimas
Sin reclamarse

Asumir el sol sin deslumbrarse
La lluvia sin mojarse
El aire sin llenarse de polvo

Asumir el ego sin llenarse
La frustración sin odiarse
Asumir sin hundirse

miércoles, 26 de octubre de 2016

Tormenta

Ahí viene la tormenta
La nube es más gris que la vez anterior
Estoy parado contemplándola
Con miedo a mojarme
Sin moverme

Sé que el viento será fuerte
Amenazará con arrastrarme
Tal vez termine en el suelo
Pero sigo ahí

No puedo vencerla
Me gritan que corra, que me aleje

Me hará daño
Puede ser peor que la última vez

El aire se siente cada vez más frío
Ni siquiera traigo un impermeable
Su fuerza me arranca la ropa

Empiezo a empaparme
El agua es tibia y me ilusiono
Esta vez puede ser diferente
Me olvido del gris oscuro de las nubes

Grito de alegría por el agua tibia
El sol coquetea con asomarse
Y me ilusiono más
¡Gané, gané!

El viento retoma su fuerza
El agua se enfría
La tormenta se pone cada vez peor
Me asusto, recuerdo las amenazas

Ahora el aire ataca con más furia
Va directo a mi pecho desnudo
Abro las piernas
Me muevo hacia atrás

La lluvia se transforma en granizo
Golpea con fuerza mi cabeza
Me desconcierta, no puedo pensar
Mi piel se llena de marcas rojas
No tengo fuerza ni sentido para moverme

Caigo
Hay demasiada agua
Estoy acostado en un piso cada vez más inestable
Intento levantar la cabeza
El nivel del agua aumenta vertiginosamente

Nadar es la única forma de salvarme
Pataleo y mis pies se lastiman
Aviento brazadas y la piel de los nudillos se pela
Levanto la cara y el aire lleva agua a mis ojos

Poco a poco pasa la tormenta
El agua sigue ahí
No lo noto y sigo nadando
Llego a la orilla
Me sostengo y recupero la postura

Me prometo que no volverá a pasar
Que no volverá a seducirme ninguna nube
Entonces el cielo vuelve a tornarse gris
Y el aire a sentirse más húmedo que antes...

lunes, 27 de junio de 2016

No eres tan cobarde

Escrito con la cabeza en la media cancha y el corazón en la banca

No eres un cobarde. A mí también me pasó por la cabeza, hasta que lo hice. A mí también me pasó que veía el futuro tan negro que quería huir. Y también me quedé. Y lo vi todavía más negro. Decidí renunciar, aunque doliera.
A veces me despierto como tú te vas a despertar. A media noche, a media mañana y a media tarde. Me acuerdo de ese "decidí" y me arrepiento. Y me arrepiento no porque no sea feliz. Como te pasa a ti, el escenario era perfecto, la situación, los personajes, ¡todo era ideal! Todo menos el pasado, el presente y el futuro. 
Y entonces asumes que no hay forma. Te criticas, te evalúas, te juzgas hasta descubrir todos los defectos que tienes, y ninguno es más fuerte que lo que sientes, lo que quieres, lo que sabes que puede ocurrir en cualquier momento. Y el momento no llega. 
Continúas intentándolo. Lo haces de todas las formas que conoces. Te llenas de paciencia y de calma. Y el momento no llega. A veces fallas tú y a veces el rival simplemente es un poco mejor, o tiene más suerte. 
Sucede que te resignas. Lo piensas mucho. Lo hablas y escuchas el "si te está haciendo daño no es para ti". Así es que después de llamarte a ti mismo cobarde y de disculparte y retractarte una y otra vez, asumes que lo mejor es huir.
Cuando por fin lo logras, lo haces oficial y empieza tu duelo, te cuestionas si fue lo mejor. Las mismas preguntas una y otra vez. Se vuelve cíclico. Ahí es cuando empiezas a despertarte con lágrimas y reproches a media noche, a media mañana y a media tarde.
Sucede que cuando lo crees superado descubres que eso a lo que renunciaste vive una realidad increíble. La que soñabas vivir. Empiezas, con el corazón en la mano, a reconocer que no fuiste un cobarde.

jueves, 25 de febrero de 2016

Me equivoqué

Vos me dijiste que yo no me había equivocado. Que era la situación, no tú, ni yo; era el maldito contexto. Recuerdo perfectamente la primera vez que pensamos en seguir o en detenernos. Vos soltaste que si me dejabas ir dejabas ir a lo mejor que te había pasado en el año. Yo no me quería ir, pero estaba asustado. Y no me fui en ese momento. Y acepté enamorarme. Y me confesaste que vos lo estabas haciendo también. Me lo creí.
No digo que vos me mintieras. Nunca pienso que vos me hayas mentido. Me dejé llevar por esa sensación tan increíble. Sé que suena a choro vil, a ese que algunos hijos de puta usan para coger, pero vos has sido la mejor persona a la que besé. Vos lo tenías tienes todo; por lo menos todo lo que sin saber estaba buscando.
¿Viste que tardé más de un año en volver a sentir algo como lo que siento sentí por vos? Y de nuevo -la concha de su madre- no se trata de un choro vil para coger. Por primera vez en un montón de tiempo acepté enamorarme. Decidí que con vos valía la pena entregarme por completo, sin esperar nada, -¿a quién putas engaño?, ¡claro que esperaba algo!, ¡ser pinches correspondido!, pero no lo esperaba, porque uno no espera lo que cree que ya está- y me entregué por completo.
Y me la jugué por unos días. Está claro que había señales de que fácil no iba a ser; pero, ¿qué situación que valga la pena es fácil? Estaba claro que romperla con vos no iba a serlo. ¡Tenía tengo demasiado en contra! Pero decidí jugármela unos días más.
Cuando vi que la cosa podía no dar para más quise dejar de ser egoísta, soberbio y recién me doy cuenta que acabé siendo aún más egoísta, soberbio y encima cobarde. Y no te confundas, no va de autoflagelarme. Se trata de entender que me equivoqué. Que hace un montón de tiempo me banqué a quien no valía la pena esperando que valiera la pena. A vos que valías la pena -y que tenías tienes menos problemas- no me atreví a bancarte demasiado por miedo a no poder manejar la situación.
No me culpo por completo. Cuando uno es primerizo en algo es normal que no lo sepa manejar. Con vos estaba poniendo el riesgo el laburo y la estabilidad que por fin estaba logrando. Pero conforme pasa el tiempo me doy cuenta que el laburo y la estabilidad no se iban a ver demasiado afectados si te seguía bancando.
A cambio decidí salir corriendo para protegerme. Mirá nomá' la ironía. Acabé dañándome por escapar de ti. Por la puta falta de valor para afrontar una situación desfavorable y convertirla en esa base de la cual íbamo' a partir para romperla juntos. Sí, juntos. Vos eres eras tan especial, tan importante que con vos se trataba de romperla juntos, de hacer esas cosas bárbaras que se hacen una o dos veces en la vida.
Pero me faltó valor y aunque duela -y mucho- aceptarlo -la concha de su madre- me faltó hombría también para ser el soporte que necesitabas. Porque cada vez que vos te bajoneabas, en lugar de ser ese roble en el cual te sujetas cuando el río va con todo hacia abajo yo me iba con vos y los dos terminábamos tirando las manos arriba para no ahogarnos. Entonces -lógico- nos cuestionábamos si valía la pena seguir nadando.
Lo más triste del asunto -e insisto. no creo que mintieras- es que vos no resultaste tan enamorada como parecía que empezabas a estarlo. Y no te culpo -la concha de su madre- porque el que yo me alejara incluyó -por defecto- que dejara de hacer esas cosas que a vos te hacían sentir cosas increíbles adentro y por consecuencia te hacían tirar esas sonrisas y esos ojos, y esos abrazos y esos besos que sólo generaban aumento de ese bienestar que los dos compartimos hace tiempo. Y aclaro que es pasado porque eso ya no pasa más.
Admito que cada vez que te miro me doy cuenta que de mi parte no cambió una mierda. Sigo sintiendo las mismas cosas que la primera vez que te miré. Esa maldita atracción. Y sigo pensando lo mismo que pensé conforme nuestras charlas se daban: vos sos la mujer perfecta para mí, sos eso que sin saber busqué por tanto tiempo y capaz eso no cambia nunca.
Esta vez es distinto. Pasa que nunca me pasó eso con nadie. Con ninguna persona me vi tan a futuro -algo más que la próxima semana o cuando me vaya a otra ciudad- como con vos. Y lamento que para que eso pasara tuvieran que pasar como más de tres meses.
Vos capaz me vez como ese amor efímero que llegó, dejó sonrisas, besos y se fue. Y te queda ese recuerdo. Para mí es distinto. Nunca sentí cosas tan increíbles por alguien de quien estuve estoy alejado más tiempo de lo que duré a su lado.
Y hoy miro algo mucho más triste. Más que una sensación de que ya no me quieres como antes -porque me lo aclaraste- lo que noto es una brecha cada vez más ancha y más profunda. Algo que no me va a permitir verte siquiera como una amiga o un recuerdo increíble. Más bien como ese "me equivoqué" que no sé cuánto tiempo va a durar.
Lo lamento. Vos no eras eres la persona a la que uno debe dejar escapar o de la que uno debe escapar sin antes agotarlo todo. Me equivoqué.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Miedo


Escrito más con la cabeza
que con el corazón

Acá todo son ciclos. Lo que vale es ser capaz de identificar cuando estás entrando en la fase de alguno. Se trata de saber qué carajos sigue para saber cómo reaccionar. Y acá pasa que la fase que se viene no la viví desde que era un puberto. Y no me gusta.
Recién a los 17 decidí que lo mejor era mandar el miedo a la mierda. Que estaba joven. Las presiones se terminaban con la preparatoria y de acá en adelante era yo quien iba a decidir lo que quería. Era menor, pero podía hacer exactamente lo que me hiciera feliz. Y así fue. Me arriesgué siempre.
De repente me di cuenta de que uno no puede andar por la vida con las heridas frescas. La sociedad te dice que llorar está mal. Que sólo vayas al hospital cuando estés a punto de morir y necesites un puto milagro. 
Decidí seguir esa maldita norma. Si me caía no importaba que me limpie las lágrimas a cada rato, que revisara la herida para ver si no se estaba infectando. No podía parar. Tenía que seguir corriendo más o menos al mismo ritmo. Corriendo y gritando. Al mismo tiempo ir viendo las piedras para no volverme a tropezar. Todo a máxima velocidad. Ahora que lo pienso, coincide bastante con mi modo de ver la vida. Intensidad y pasión me metí en la cabeza a los 15 o 16. ¡Qué putas importa! Era un adolescente buscándose en la computadora de sus padres.
Y recién empecé a ver que hay heridas profundas que nunca se te van a olvidar. Seguro que te las hiciste tú mismo por no ver por dónde pinches putas corrías. Por andar en el puñetero sendero donde las piedras son redondas, pero igual te lastimas si no miras por dónde andás. Encima tengo el maldito pie plano. Caer siempre es cuestión de tiempo. 
Y es tan fácil hacerse tonto. Seguir esa norma de no parar aunque duela. De arriesgarse sin importar las consecuencias. Como un fantasma el miedo se acumula. De tanto ignorarlo, se harta hasta que se manifiesta. Es cuestión de tiempo.
Uno entiende y explica cada que inicia un nuevo ciclo que recién lo lastimaron. Nunca, nunca lo pone de pretexto. Se mentaliza. Decide arriesgarse. No puede ser peor que la vez pasada. No me pueden joder más, ¡a la chingada!
Y todo va bien. Al arranque te sientes increíble. Otra historia, otra manera, otro aprendizaje. Hasta que el puto fantasma se manifiesta. Y tienes miedo.
Y te resistes a caer. Prefieres no mirar la realidad. La evades de mil formas. Es sólo mi percepción. No está pasando nada. Acá todo va bien. Al rato se pasa el mal rollo. 
Y pasan las horas. Y el miedo se hace más grande. Se mezcla con decepción. Se vuelve frustración. La respiración se acelera. El corazón late más fuerte. No es adrenalina. Es desesperación. Buscas sacarla de cualquier manera. Golpeando, saltando, gritando. Lo haces y no pasa nada.
Hasta que te calmas. Aceptas que lo mejor es salir corriendo. Por primera vez le dices que sí al miedo. Te vuelves parte de él. Sabes que hay frustración en medio. La aceptas también. Buscas los porqués y no los encuentras. 
No hay lágrimas porque no hay amor. Es sólo frustración, esa que siempre llega de la mano con el miedo...

miércoles, 2 de diciembre de 2015

No puedo ser tu amigo

Lo lamento
Quería llegar a adulto
A ser quien quise ser

Y no puedo

No puedo porque sigo temblando al verte
No porque mi cuerpo es más que mi mente
No porque el corazón es demasiado fuerte

Quise mirarte y no pensar nada
No sentir que el mundo cambia contigo
No sentir que da vueltas para otro lado

El corazón me traiciona
Las hormonas gritan y no puedo callarlas

La boca me pide un beso
Los brazos un abrazo
Las piernas unas piernas

Y no puedo ser tu amigo
No hasta que no encuentre otros besos
            Otra boca
                  Otra voz
            Otra cintura
                  Otros pelo
            Otra vida

Discúlpame

De verdad quiero verte y no sentir
Quiero tocarte y no tocar
Acercarme y alejarme como si nada

Te digo que quiero ser tu amigo
Pero por dentro quiero estar contigo

sábado, 21 de noviembre de 2015

América vs Pumas: la sangre nueva de sus barras

Son las nueve de la mañana de un domingo. Es el Metro Potrero. Junto a los torniquetes está Fabry. No supera los 20 años. Viste una playera de Pumas. Es la azul del torneo Clausura 2006. La acompañan varios amigos de su edad. Todos son la sangre nueva de ‘La Rebel’, uno de los principales grupos de animación del Club Universidad Nacional.

“Desde muy niña iba al estadio. Creo que mi primer partido fue a los cinco o seis años. Mis papás y mis tíos me llevaban. Todos mis primos le van a Pumas. A la barra entré porque mis primos y mis amigos me invitaron. Es un orgullo apoyar a mi equipo.”, narra a juanfutbol.

-¿Por qué te metiste a la barra? ¿Qué sientes estando dentro?

“La verdad es una experiencia única. Lo mejor que me ha pasado en la vida. Me metí porque es mi forma de apoyar a Pumas, de seguir con una tradición que hay en mi familia. Todos somos Pumas y vamos a CU. A mí me gusta cantar y estar con mis amigos. Así les demuestro que estoy con ellos”.

Soy de Pumas desde que estaba en la cuna, reza uno de los cánticos más populares de Ciudad Universitaria. Para Fabry es así. “Me acuerdo de todos los títulos de 2004 a la fecha. El que más disfruté fue el del Clausura 2004 porque fue el primero que ganamos (sic) . Mi ídolo es el Parejita López”.

Cuando está terminando la frase se acerca un joven que rebasa los 25 años. “Es uno de los capos”, se escucha entre los amigos de Fabry. La toma de la cintura y le da un beso. Más allá de la sangre, el amor la une aún más a Pumas.

Ella se va. Se queda uno de sus amigos. No rebasa los 16 años. Se llama Juan Manuel. Tiene una discapacidad para hablar claramente. Aún así, acepta platicar con juanfutbol.
Su historia se parece a la de Fabry. En su familia todos -excepto su madre- son de Pumas. Lo llevaron al estadio desde muy niño. El azul y oro le quedaron tatuados eternamente.

“Tengo un mes y medio en la barra. Apenas estoy conociendo lo que es ir a apoyar a Pumas cuando juega. Antes no iba tanto al estadio. Mis amigos me estuvieron insistiendo hasta que mis papás me dieron permiso”, relata.

Él no ha vivido los títulos de Pumas. “No me acuerdo de cuándo ganamos. Sé que ya quedamos campeones y por eso me gusta venir. Ahora quiero estar cuando vuelvan a serlo”, confiesa.

Del actual plantel no conoce a nadie. Se le cuestiona por Eduardo Herrera, Matías Britos, Alejandro Pikolín Palacios y Darío Verón. No sabe nada de ninguno. “Son buenos porque son de Pumas”. -No digas eso, wey, Herrera es el que mete los goles, el de la Selección- lo interrumpe otro miembro de la barra que escucha a unos metros.

De acuerdo con el Sociólogo Investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana Arturo Gómez los adolescentes como Fabry y Juan Manuel buscan en las barras un “sentido de pertenencia”. Al conocer su historia explica que ya lo tienen. Ahora se trata de reafirmarlo, consolidarlo, hacerlo parte de su identidad.
Al mismo tiempo sirven para canalizar a las masas. “Las barras son una práctica del propio sistema social para canalizar a los jóvenes, en cierto modo tenerlos contenidos en un ambiente de enajenación. Que se tenga una catarsis de ir al futbol no quiere decir que se resuelvan las problemáticas que viven”, explica.

Que haya menores de edad en sus filas no es poca cosa. “Al público se le tiene que educar”, asegura. “Estos jóvenes muchas veces no tienen un sentido crítico de lo que están viendo, de lo que están haciendo. Al mismo tiempo el consumo de alcohol produce violencia, un fenómeno que se da mucho en este tipo de grupos”, advierte.

Al norponiente de la ciudad se reúne parte de la barra americanista Ritual del Kaos. Es el Metro Rosario. Es un sábado y son las 11 de la mañana. Ahí está Andrés. Ahí están sus dos hermanos. Él no rebasa los 15 años. Ellos delatan mayoría de edad. Los tres visten la tradicional playera amarilla y la combinan con mezclilla rota y botas.

“Esta que trae El Andresito se la heredamos nosotros. Empezamos como él” cuenta Enrique, el hermano de en medio. Javier, el más grande, se niega a hablar. Pide que se apague la grabadora. Sus ojos delatan agresividad. Autoriza que Andrés charle. Al mediano le hace una seña y se alejan un par de metros. Hace falta tomar notas para registrar su testimonio.

“Irle al Ame es como una obligación en mi familia. Nosotros somos de barrio y es lo que nos une. Mis hermanos siempre se meten en broncas. Ya estuvieron en el Reclu y yo no quiero que me pase lo mismo. Tampoco voy a dejar de apoyar al Ame. Ellos me cuidan y yo a ellos. Trato de que ya no se peleen con otros grupos”, menciona. Javier y Enrique ríen con malicia al escucharlo.

Andrés es americanista desde que nació. Cuando era bebé ya tenía su playera. “Me siento orgulloso de serlo. Nosotros sí ganamos. En el Ritual somos como una familia. Todos nos cuidamos, nos hacemos el paro cuando la tira se quiere pasar”, agrega.

Le duele la discriminación. Le molesta que la autoridad y algunas personas los cataloguen como delincuentes. “Sí somos medio chakas, pero mis hermanos ya casi no hacen nada. Mi mamá me tiene amenazado si me agarra la tira. Ellos se tienen que portar mejor para que no me chinguen”, expresa.

Es tan Águila como el que más. Refiere saber quién es Alfredo Tena. Habla con orgullo del América de Beenhakker. Menciona a Cuauhtémoc Blanco y se le iluminan los ojos: “Mis hermanos me dicen que fue lo mejor que le pasó al equipo”.

Fabry y Andrés no dejan de lado la rivalidad entre Pumas y América.

“Somos muy diferentes. Ellos son los chakas y nosotros los estudiantes. Por eso nos odiamos tanto. Si nos encontramos en la calle como gente normal, ni nos volteamos a ver. Con la barra es diferente. Nos han hecho muchas”, reclama Fabry.

“Mis hermanos me enseñaron eso. Con Pumas, con Chivas y con Cruz Azul no perdemos ni adentro ni afuera de la cancha. Si se meten con uno del Ritual todos tenemos que defenderlo”, coincide Andrés.

martes, 17 de noviembre de 2015

Aquellas noches

Aquellas noches
Y aquellos besos
Aquellos instantes
Y aquella sinceridad

Aquellas que no queríamos que acabaran
Aquellas en las que soñamos despiertos
Aquellas en las que hicimos eterna la brevedad
Aquellas en las que un instante se hizo un año

Aquellas en las que acaricié tu pelo
Aquellas en las que me tocaste el alma
Aquellas en las que soñamos con más
Aquellas que hoy son las menos

Aquellas que hoy parecen lejanas
Aquellas que no paro de ver
Aquellas que no pasarán otra vez
Aquellas que no puedo olvidar

Aquellas noches en las que me prometiste eternidad
Aquellas en las que te advertí que eras correspondida
Aquellas en las que nos transformamos
Aquellas en las que nos enamoramos

Aquellas en las que tu sonrisa se hizo la mía
Aquellas en las que el brillo de tus ojos iluminó la noche
Aquellas en las que una caricia no bastaba
Aquellas en las que un abrazo nos contagiaba

Aquellas que queremos revivir
Aquellas que hoy son un sueño
Aquellas que viven en el alma
Aquellas que ya no volverán

Flaca

No pensé que fueras necesaria
No estabas ahí cuando nací
Ni creo que estés cuando muera

Igual me transformaste
Y te transformaste

Me transformaste en un ser que te necesita
Y te transformaste en lo que necesito

Flaca
     Me transformaste, flaca

¿A quién pensé en engañar?
Bromeaba con que serías como agua de río
Creía que eras nube de paso
          Y me mojaste

Flaca
          Sé que no querías
   Que ni siquiera lo pensaste

Fue una charla
Un paso
Una mirada
Una sonrisa

Fue una caricia... flaca
Un abrazo
Un beso

Flaca
         Fue una promesa
Un montón de ilusiones
Un espejismo
             Uno de esos que parecen reales

Flaca
Fuiste perfecta
En el momento imperfecto

Fuiste anormal... flaca
Cuando todo era normal
Fuiste ruido en el silencio
Fuiste el gol en un cero a cero

Y me hiciste necesario
Y te hiciste necesaria, flaca

Me calmabas
Y me excitabas

Eras como la luna en el mar
Como el fuego bajo el agua
Como la lava en un volcán
Como el viento en la arena

Fuiste brevemente eterna
Perfectamente imperfecta
Inconcebiblemente concebida
Perdidamente encontrada, flaca

lunes, 16 de noviembre de 2015

Te extraño

Y te recuerdo
Y me descubro pensándote
Y extrañándote

No me atrevo a leer tus mensajes
Ni a escuchar tu voz
Ni a mirar tus fotos
Ni a cantar tus canciones

Me descubro pensándote sin consciencia
Mirándote como se mira al sol en el atardecer
Sin consciencia del tiempo o el espacio

Y me descubro llorándote
Como se llora al nacer y al morir
También, sin consciencia del tiempo o el espacio

Y la mente es poderosa
Inconsciente y poderosa

Prefiero decirle que te mate
Que piense que ya no existes
Que no vives en ningún sitio
Que no lates en ningún corazón

Porque si vives me matas
Y si mueres vivo
Salvo que vivamos juntos
En otra realidad

Y ni la muerte te mata
Porque te sigo extrañando
Te sigo pensando
Te sigo recordando

A lo muerto se le recuerda mejor que a lo ausente
Morir es resignar
Estar ausente es poder estar pero sin estar
En cambio morir es no estar
Se pueda o no se pueda estar

Por eso intento matarte
Porque te extraño
Porque te pienso
Porque te recuerdo

Contigo no hubo lágrimas
Ni dolor
Ni enojo
Ni tristeza
Ni silencio

Tu existencia fue tan breve
Como fuerte fue tu partida
Tan brillante y cálida
Tan húmeda y tan fresca

Tu presencia no deslumbraba
Ni quemaba
Ni empapaba
Ni congelaba

Era exacta
Como la palabra
         Precisa
Como el tiempo
         Oportuna
Como una sonrisa

Por eso te extraño
Te pienso
Te recuerdo

viernes, 13 de noviembre de 2015

Quisiera

Quisiera decirle que no
Que volveré a llamarla cada noche
Que volveré a robarle una sonrisa
Que a cambio le daré suspiros

Quisiera decirle que es mentira
Que no me voy para siempre
Que puedo con eso y mucho más
Que todo es una pesadilla

Quisiera seguir contándole todo
Que me gusta
Que la quiero
Que no necesito más

Quisiera no despedirme
No dejarla
No moverme
No parar de sonreír

lunes, 9 de noviembre de 2015

Me enamoré

Porque escucho tu voz al teléfono y tiemblo
Porque el corazón late más rápido
Porque respiro diferente, más profundo

Porque mi estómago se revuelve cuando estás cerca
Porque no puedo evitar ver tu foto sin sonreír
Porque no puedo evitar sonreír al escribir de ti

Porque me brillan los ojos todo el tiempo
Porque si algo anda mal pienso en ti y cambia
Porque contigo cambio aunque no piense en ti

Porque me duele la cara de tanto sonreír
Porque me duele cuando sé que estás mal y estoy lejos
Porque me duele la panza de tanto reír contigo

Porque no veo mi futuro si no estás ahí
Porque no quiero ver el presente sin ti
Porque mi pasado se explica cuando apareces

Porque cuando te abrazo el tiempo se detiene
Porque cuando te beso todo va más rápido
Porque cuando me acaricias pierdo noción del espacio

Porque mi cama es más grande desde que te conocí
Porque duermo menos, pero mejor desde ese día
Porque mi cuarto quiere ser también tu cuarto

martes, 27 de octubre de 2015

Cuando se cumple un sueño

Te soñé un montón de veces
Con otra cara
Con otro nombre
Eras tú

Era tu esencia
Era tu modo
Era tu risa
Era tu ser

Tenía los ojos cerrados
Y el corazón abierto
La boca en movimiento
El alma en un aspaviento

A diferencia de otros sueños
Tú te hiciste realidad
Abrí los ojos y ahí seguías

Lo sé
Tus manos apretaron las mías
Tu boca volvió a acercarse
Tus ojos volvieron a mirarme

Y volví a cerrarlos
Jugué con tus labios
Mordiste los míos

La mordida me hizo estar más seguro
Eras tú y estabas ahí

Con tu nombre
Con tu esencia
Con mi sueño hecho realidad

domingo, 13 de septiembre de 2015

Huele a tokín

Escrito en la sala de una casa, con músicos tocando frente a mí

Huele a tokín
Huele a rebeldía
A tabaco
A mota
A alcohol
A penas y a melancolías

Allá los locos hacen llorar a la guitarra
Eyaculan sobre la trompeta
Se enamoran discretamente, como enamora el bajo

Se miran reflejados en el compás del jazz
Pelean cada batalla en un breve slam
Viven a los golpes, como las baquetas

El pulque les da otra consciencia
El polvo les pinta la cara
Y una canción les roba una sonrisa

Allá ella lo mira
Le sonríe a discreción
Él agacha la cabeza
Le atrae
Pero le hace el amor a otra vida
A la del humo
A la del dolor
A la de la muerte

Ella se disfraza de otra muerte
Resopla y juega con su hierba
Con su polvo
Con su propia vida
Con su propia soledad

En frente ellos están en su trance
En su risa, en su euforia, en su placer

Juegan sus juegos
Sueñan sus sueños
Miran sus cielos

Tal vez mañana despierten
Tal vez sigan riendo
Sigan jugando
Sigan soñando
Sigan mirando

martes, 8 de septiembre de 2015

Ahí estaba (o un homenaje al rescatista del 19 de septiembre)

Basado en hechos reales, en homenaje a uno de los héroes anónimos del 19 de septiembre

Despertó. Era lunes y tenía que ir a trabajar. Se puso la camisa, el suéter con el escudo de la empresa, el pantalón, la corbata. Alistó su peinado, impecable, como siempre. Había que sacar adelante las ventas de la empresa y luchar por mejoras en las condiciones de los trabajadores vía sindicato. El casco que estaba sobre el librero no iba a usarse ese día. Al menos eso creía. 
Ya había llegado a la oficina y se preparaba para un día de locos. Mexicana de Aviación lo necesitaba y él quería responder a las exigencias que se había puesto. Se tomó el respectivo café después de saludar con suma educación a quienes lo rodeaban. Llevaba tres ese y sentía que necesitaría más. Entonces la tierra se movió...
Temblores en la ciudad recordaba pocos. El último de gran magnitud ocurrió cuando tenía dos años. Se acordaba poco y nada de lo que se sentía cuando el suelo se movía. Sin saberlo, ese día no lo olvidaría jamás. 
Salió lo más rápido que pudo del edificio de Xola. El emblemático para Mexicana de Aviación. Ayudó a quienes tenía alrededor. De inmediato localizó a sus hermanos, a sus hermanas, a su mamá. Todos estaban bien. Lo que seguía era lo más duro. 
Volvió a casa. Logró reportarse con sus compañeros de la Cruz Verde y se puso el casco que esa mañana había ignorado. Salió tan rápido como pudo y empezó a darse cuenta de que se venían días largos para la ciudad que lo había visto crecer. El monstruo chilango se había derrumbado. No estaba muerto, pero la herida era profunda. 
Caminó unas cuadras y el edificio que todos los días contemplaba con total normalidad desde su auto no existía, eran simples escombros. Las lágrimas brotaban de sus ojos. El sudor escurría de su frente. La desesperación inundaba su ser. Sintió la fuerza que desde su adolescencia, antes de la amibiasis que casi lo liquida no sentía. Quitó un trozo de concreto. Escuchaba voces pidiendo ayuda. Se deshizo de otro. Entonces vio una mano arrugada sangrando y buscando la luz. Él se encargaría de que la encontrara. Jaló con los músculos y el alma. La anciana lo miró agradeciéndole la vida. Él sólo quería encontrar a más personas vivas. De inmediato la condujo a la ambulancia. Por fortuna no tenía demasiadas heridas graves.
Más compañeros se unieron a él. Sin saberlo, ese día salvarían a cientos de personas y le devolverían el alma a otras miles. En ese edificio el trabajo estaba hecho. Faltaban decenas de construcciones convertidas en añicos.
Esa noche no durmió demasiado. En cuanto el sol salía entendía que era hora de meter la mano bajo más escombros y sacar a cuantas personas fuera posible. Lloró como nunca lo había hecho cuando vio a dos niños moribundos junto a su madre colgando de su brazo. No lo recuerda. Años después sus compañeros lo reconocieron y él simplemente no podía ver lo que en ese momento lo impactó tanto. Su acto heroico sólo lo conocían ellos tres y quienes lo rodeaban. 
Los días se iban como agua. Más y más personas tomando sus extremidades como trozos de cielo. Una mano le quedó marcada cerca de la muñeca. Él simplemente metió el brazo abajo de un trozo de concreto esperando a que algo se manifestara. Era un joven estudiante que se había ido de pinta ese día. Sin saberlo, sus amigos estaban detrás de él en forma de cadáveres. Al ver el brazo de su salvador lo tomó sabiendo que era su única oportunidad de vivir. La desesperación hizo que se marcaran los dedos. De eso tampoco se acuerda nuestro héroe anónimo. Sabe que pasó por lo que le cuenta la gente que estuvo a su lado.
Lo que más recuerda es a esos tipos vestidos de verde sacando víveres e ignorando a las personas. La mercancía era vendida al mejor postor. Un rifle de alto calibre era la mejor forma de obligar al pago de los alimentos, del agua, de la ropa. El Estado vestido de criminal sólo trataba de beneficiarse de una tragedia en la que otros eran los salvadores. Por fortuna, la indignación no era suficiente para terminar con sus ganas de ayudar a quien lo necesitara.
Conforme fueron pasando los días aumentaron las horas de sueño. ¿Cómo le hicimos para sacar a esas personas? ¿De dónde sacamos fuerza? Esos ladrillos no se levantaban tan fácil. No me imagino lo que sintió esa madre al ver a sus hijos en la ambulancia. De milagro están vivos. ¡Y la viejecita! A la que le cayó el muro en la cabeza. Esa mujer tiene un angelote. Se cuestionaba. 
Pasaron dos semanas hasta que volvió a la oficina. De repente se levantaba de su asiento y se iba al baño con los ojos llenos de lágrimas. Más de una vez se sorprendió en el coche llorando mientras conducía a la sede del sindicato. En otra ocasión una señora lo abrazó en la calle. Él intentó recordar de dónde la conocía. Ella sólo se limitó a agradecerle la vida de sus hijos y de sus esposo. Los tres quedaron parapléjicos, pero vivos, gracias a usted y a Dios
Hoy ese héroe anónimo está lejos de la Ciudad de México. El casco es un recuerdo más con el que sus hijos jugaron cuando eran niños. A 30 años de la tragedia, sirva este texto como homenaje. 

martes, 25 de agosto de 2015

A 10 años de tu partida

Escrito con la cabeza en tu recuerdo


Honestamente dudo que vayas a leer esto. Me encantaría que lo hicieras. Escribo con la cabeza en tu recuerdo y en el lugar en el que sin prometerte, siempre te dije que estaría. Hace 10 años. Era una noche bastante agradable. Acababa de entrar a tercero de secundaria. Las cosas pintaban muy bien. Estaba de ocioso viendo una página de coches, una afición que sin querer me habías contagiado.
De repente sonó el teléfono. Era la tía Lupita. Al escucharla me alegré mucho. No te miento. Lo primero que me pasó por la cabeza fue "van a venir a casa mis tíos, mis primos y mis abuelitos". Insistí en saber qué pasaba y de nuevo me pidió que la comunicara con mamá. Pensé que algo grave se venía y no estaba equivocado. La cara de mi mamá cambió. Ni siquiera en los accidentes de autos que tuvimos la había visto tan mal. De repente un grito de dolor que fue replicado de inmediato por mí y por mi hermano. Algo terrible había pasado.
Mamá sólo nos dijo que te había dado un infarto. Por alguna razón -que nunca pienso investigar- no quiso informarnos sobre tu partida. Quizás ella se negaba a aceptarlo. Quizás no quiso asustarnos. No lo sé, no pienso averiguarlo. Pepe y yo estábamos muy asustados. No pasaron más de tres o cuatro horas para subiéramos al auto vestidos de negro y viajáramos a Tula. Había sido un verano lleno de viajes en carretera y todavía no terminaba.
Al día siguiente ya estábamos en tu casa. En la que nos habían enseñado a querer gracias a que siempre estabas ahí. Esta vez era diferente. El espacio en el que semanas antes jugábamos con los primos estaba cubierto de autos. Nunca tuve dudas de que eras una persona muy querida. Ese día me quedó más claro que nunca. Entramos a la sala-comedor en la que tantas veces convivimos contigo y no estabas. No estabas ni ahí ni en el taller en el que solías pasar gran parte del tiempo. Si no estabas en la camioneta o en el coche en la carretera, estabas en casa o en el taller.
Papá nos ofreció comida. Poco después te vi por primera y penúltima vez en el ataúd. No soportaba estar cerca de ahí. Me acostumbré a verte siempre trabajando, comiendo, manejando, viendo un partido de futbol o mentando madres a los soldados, a los policías federales o a cualquier representante de secta protestante que te pidiera dinero. El mirarte acostado, con los ojos cerrados y con tantas lágrimas alrededor era contradictorio. Tú nunca provocaste lágrimas ajenas.
El detalle dos días después, en tu entierro, es algo imposible de olvidar. Insististe hasta el cansancio que no querías provocar dolor ni lástima. Con ese par de arco iris, acompañados de lluvia tibia y sol, nos dejaste en claro que estabas donde tenías que estar. No tengo forma de comprobarlo, pero al día siguiente, los cinco goles de Cruz Azul a Pumas fueron un homenaje del equipo para ti. Me voy a morir pensando eso.
Tu recuerdo vive eternamente. La última vez que fui a tu casa, en 2006, más de una vez pensé que en cualquier momento, mientras estaba sentado en uno de tus sillones, saldrías detrás de una pared y nos asustarías como solías hacerlo. Era tu manera de bromear. Nos gustaba. Los viajes en carretera eran una experiencia increíble cuando tú manejabas, No sé cuándo volveré a transitar por la México-Tuxpam, pero sé que esa autopista era tu sueño y cuando eso ocurra, sé que ahí estarás, acompañándome.
A diez años te debo mucho. Si tú no me hubieras enseñado lo que sé de futbol, posiblemente no estaría en esta redacción escribiendo sobre eso. Seguramente no me habría enamorado de hablar de futbol. Tampoco olvido muchos de tus otros consejos. Fuiste, eres y serás, el mejor abuelo que me pudo tocar. Seguro peco de egoísta, pero, me habría encantado que vivieras terrenalmente muchos años más. No te cuento la cantidad de historias que habrías sacado de todo lo que pasó. Haces falta, aunque sé que nos estás cuidando desde allá arriba. Si vieras a mi abuela estarías orgulloso de ella. ¡Tanto que renegabas del celular y tanto que ella aprendió a usarlo! De tus hijos no te digo mucho. Tú los ves y los cuidas a diario.

Con cariño

Tu nieto

jueves, 6 de agosto de 2015

La tarde más larga

Escrito con camisa y corbata en una oficina

Ahí estaba. La había visto cuatro o cinco días antes. Él era un godínez en toda la extensión de la palabra. Pasaba horas y horas frente a su computadora. Como sus compañeros, rebasaba los 30 años y era de los pocos que seguía soltero. Más de una vez le preguntaron por sus conquistas. Él respondía como aquel al que le vale madres el mundo y finge siempre tener demasiado trabajo.
Su cotidianidad, tan llena de papeles, memorándums y postits se había visto interrumpida. Ahora pasaba más tiempo con unos audífonos fingiendo que escuchaba nuevas formas de hacer negocios. No, se trataba de las canciones que habían marcado su adolescencia. La crisis de los 40 le estaba llegando a los 30 y se había detonado por una presencia.
Tres o cuatro días antes salió con uno de sus compañeros, -tan godínez como él- a comprar comida. Le llamaba la atención el puesto de tacos que siempre estaba lleno. Normalmente era cuidadoso y llevaba comida en topers a la oficina. Se notaba que procuraba lo que comía. Presumía que él mismo se hacía su comida. Las pechugas de pollo relucían en su escritorio los lunes, los viernes se dejaba llevar por lo casual y le apostaba a las milanesas de res. Nunca faltaban rebanadas de pan junto a la carne. A un costado aparecían las verduras picadas. De vez en cuando llevaba arroz o pasta. Se presumía sano.
Ese medio día de miércoles decidió cambiar. La rutina empezaba a asfixiarlo y las canciones lo orillaban a ser como solía, aleatorio, espontáneo, impulsivo, vivaz y alegre. "¿En qué momento dejé de ser así?", le preguntó a su compañero. A cambio recibió una breve carcajada acompañada de hombros levantados. Al godínez que había aceptado acompañarlo a comer le valía madres el asunto. Él sólo llevaba un año de conocerlo y no tenía el menor interés en hablar sobre la adolescencia del adulto.
"Vamos al puesto de tacos, siempre está hasta la madre y algo deben tener", le sugirió al silencioso colega. La respuesta fue seguir caminando en la misma dirección. Cuando atravesaban la Avenida Revolución casi es atropellado. El oficinista recibió varias mentadas de madre y siguió caminando con el cuello hacia su izquierda. No entendía lo que estaba pasando. Nadie notó la causa. "Pinche pendejo, casi ocasiona un accidente", se le escuchó decir a otro godínez.
Era muy callado. Durante la comida no hubo nada anormal. Pasadas dos horas más comenzó a sentir demasiada ansiedad. Pese a que era miércoles y el Código Godín prohíbe la informalidad hasta antes de los viernes, se aflojó la corbata y se arremangó la camisa; jugó un poco con su bigote y más de un compañero se le quedó viendo en forma extraña. Él comenzó a recordar lo que había ocurrido y lo entendió.
Justo del otro lado de la avenida en la que su vida había corrido peligro estaba ella. Con tanta facha godín como cualquiera de sus compañeras, pero más hermosa que nadie. Intentó recordar con más claridad sus medias, su falda, su blusa, sus labios, su mirada, su cabello. Su mente sólo le permitió visualizarla vagamente. Recordó que ella también lo miró. La diferencia es que de ese lado de la vialidad no pasaba ningún vehículo. 
Siguió escuchando a los Estridentes Mocosos y se perdió en una canción. Hablaba de la vida sin ataduras, sin camisas godínez, sin zapatos y sin tarjetitas checadoras. Y en un viaje al finito, nos perderemos, sin fijo destino, sin más para pensar, rezaba el coro de la canción que tantas veces lo había hecho llorar en su adolescencia mientras se fumaba un porro que él mismo se preparaba en la soledad de su habitación.
Relacionó la canción con ella. Quería buscarla y llevarla a ese infinito del cual hablaba. Se le derramaron algunas lágrimas de los ojos. Una de sus compañeras se acercó para preguntarle si estaba bien. Él se asustó y asintió. Le preparó un té y se lo colocó en el escritorio de vidrio que había sido suyo durante más de diez años. Él fue bebiéndolo poco a poco. Se sentía mejor. La ansiedad disminuía y se transformaba en esperanza. La esperanza de volverla a ver. 
Cuando vio el reloj de la computadora notó que pasaban de las diez. No había nadie en la oficina. Nunca notó cuándo se fueron todos. Sin razonar demasiado, apagó el monitor de la computadora y se alegró de que no le fuera a tocar gente en el Metro. La ansiedad había terminado y a cambio quedaba una ilusión que seguiría por muchos, muchos más días. La ilusión de verla otra vez. 

viernes, 31 de julio de 2015

El subsuelo de la selva de concreto

Escrito desde el vagón anaranjado


La bestia posee sus propias bestias. El salvajismo se manifiesta en sus durmientes, en sus pasillos y en sus torniquetes. Ahí va, el cazador asechando a su presa. No la piensa devorar. Sólo quiere valerse de ella para llegar a ese sitio que le permitirá saciar el hambre, el ocio o el placer. 
Mira a sus competidores. Hay de todo. Unos que lo superan en tamaño. A otros los supera. Están también los que sólo esperan un descuido para despojarlo de sus armas, son a los primeros que detecta. Les sonríe y acelera. Intenta evitarlos a toda costa. Al resto le importa poco o nada la batalla. Se mueven por inercia, sin un fin definido. 
La jungla lo educó para defenderse. Para evitar ser vencido. Se permite hasta el empate, nunca la derrota. No tocar a la presa en el momento en que se lo ha propuesto puede significar quedarse sin comer efímera o eternamente. 
Saca los codos, aprieta los muslos y mira a los rivales agresivamente. Está listo para atacar. No va a permitirse la derrota. Da igual si tiene que dejarle el codo en las costillas, en la cintura o en los riñones al prójimo o si se tiene que embarrar para estar sobre su víctima.
Una vez arriba nota a los parásitos. Agradece que sean sólo eso, parásitos que se alimentan de la presa sin contaminarla, sin enfermarla. A veces él se beneficia de ellas. Suelen traer alimento para el cuerpo y para el alma. Otras sólo reparten el medio que muchos como él usan para sobrevivir.
Cuando está sobre su víctima descubre a más potenciales competidores. Los mira agresivamente. Les hace entender que ese es su territorio y que va a defenderlo cueste lo que cueste. Ellos devuelven la cortesía. También consideran al animal como suyo. 
Sobre la presa sobreviven godínez, hippies, hipsters, amas de casa, estudiantes y turistas que han descubierto que la bestia es eso, una bestia que posee a sus propias bestias. La selva de concreto puede ser tan o más salvaje que la cubierta por árboles y habitada por fieras.